26 de abril de 2011

Las Razones de Vargas Llosa

Por Erika Salamanca

América Latina se encuentra a la expectativa por conocer quién será el ganador de la contienda electoral en las elecciones presidenciales de Perú. En la primera vuelta se “quemaron” candidatos como Toledo y Pedro Pablo, que generaban cierto grado de confianza para garantizar continuidad a las políticas exitosas que aplicó el gobierno de Alan García, y que hoy tienen al Perú encabezando la lista de los países de la región con mayor crecimiento económico y con una reducción envidiable en la tasa de pobreza.

Próximamente, se disputará la ronda final con la segunda vuelta electoral en la que se decidirá quién llevará las riendas del hermano país por los próximos cinco años. Por un lado está Ollanta Umala, quien representa el camino seguro para llevar a los peruanos al abismo y retroceso del mal llamado Socialismo del Siglo XXI que lidera Hugo Chávez, personaje que no ha ocultado en ningún momento su propósito de expandir sus ideales por toda la región. Este comunismo anticuado, funciona bajo la máscara de democracia disfrazada, donde el principal objetivo del Estado no es el garantizar el bienestar de sus habitantes, sino garantizar a toda costa la continuidad de una tiranía que despilfarra los recursos de una nación en pro de intereses particulares.

Claro, mantienen un discurso de carácter social en el que convencen a la población más vulnerable de su lucha por la igualdad y la reivindicación de los pobres a punta de “arepa socialista”. Son estos mismos gobiernos los que desangran al Estado, y lo condenan a un atraso irremediable. Esta forma de hacer “política” no es sostenible en el mediano plazo, pues no genera ninguna confianza al inversionista nacional y mucho menos al extranjero. Son Estados que a pesar de contar con riqueza en sus recursos naturales, como es el caso de Venezuela con el petróleo, terminan dependiendo de terceros países para garantizar el acceso a productos básicos de la canasta familiar a sus habitantes, por supuesto con precios demasiado altos y sin que se asegure un aprovisionamiento constante.

Dada la falta de garantías con esta clase de políticas y dirigentes, los Estados terminan siendo parasitoides, no hay quien quiera trabajar con emprendimiento, no hay innovación, no hay ciencia y tecnología, no hay inversión, ¡no hay nada!

El otro lado de la moneda, lo protagoniza la candidata Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, quien condujo un régimen de extrema derecha y hoy se encuentra en la cárcel, pagando una condena de 25 años de prisión por haber sido juzgado como autor de crímenes de lesa humanidad y por actos de corrupción sucedidos durante sus años de gobierno. Keiko, con una trayectoria política reciente, ha sido una de las congresistas más populares del Perú, la más votada de la historia del país. Cuenta tal vez con el apoyo del mismo electorado que le agradece a su padre haber tenido la entereza y determinación de combatir y derrotar al grupo terrorista Sendero Luminoso y haber salvado a Perú de ser víctima de una guerrilla que se hubiera podido convertir en un grupo terrorista de las proporciones de las FARC.

Sobre este tema en particular, hace unos días, conocimos las declaraciones del Nobel Mario Vargas Llosa, en las que aseguró que no votaría por Fujimorí porque eso sería legalizar la dictadura. Los que hemos seguido la trayectoria del Nobel nos sentimos un poco confundidos por su determinación. Si bien Fujimori puede crear dudas respecto a lo que puede ser su mandato como presidenta del Perú, no se le puede juzgar por lo que hizo su padre. Vargas Llosa se ha caracterizado por ser un hombre con pensamientos e ideales considerados de derecha y democráticos, por eso causa extrañeza que hoy invite a sus conciudadanos a votar por Umala sin que haya caído en cuenta de la gravedad de lo que significa que Perú ingrese a la lista de países suramericanos de línea social-chavista.

Pero todo tiene una explicación, recordemos el año 1990. En ese entonces, Perú estaba en un proceso similar al actual, buscando un candidato que ocupara la silla del Despacho Presidencial, los candidatos eran Alberto Fujimori y el hoy premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa. Fujimori, era rector de la Universidad Agraria La Molina, un desconocido ingeniero agrónomo que saltó al campo político y que diluyó los sueños del escritor peruano, quien lideraba la coalición de derecha de Acción Popular y el PPC. Ese año, Fujimori arrasó en segunda vuelta con una votación a favor del 60% gracias al apoyo que tuvo entre otros, del entonces Presidente Alan García y de los movimientos políticos de izquierda del Perú.

Desde entonces, Vargas Llosa se convirtió en el más grande contradictor político de Fujimori y de su gobierno. Fue el mismo escritor quien se encargó de denunciar al mundo los excesos de autoridad, crímenes y escandalosos actos de corrupción de su gobierno, los cuales una vez hicieron efecto en los estrados judiciales, lo llevaron a renunciar a la Presidencia de Perú desde Japón y finalmente lo destinaron a vivir una condena de casi tres décadas.

Entiendo las razones del Nobel para no apoyar a la hija de Fujimori, pero no comparto que incite a sus compatriotas a caer en el abismo, cegado por un odio político que en la actualidad no tiene ninguna vigencia. Sería bueno preguntarle algún día a Vargas Llosa por qué no promovió el voto en blanco, el cual sería lógico respaldarlo en su posición y más acorde con sus ideales éticos, políticos y democráticos en lugar de arriesgar varias generaciones de peruanos que de llegar a ser víctimas del Socialismo del Siglo XXI, podrían tardar varías décadas en recuperar su democracia.
Twitter: @ErikaSalamanca

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