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2 de mayo de 2016

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Cuando Clara López Obregón definía como colaboracionismo vergonzante el aceptar puestos burocráticos en el gobierno

Clara López, el remplazo de Lucho Garzón en el Ministerio de Trabajo escribió artículo titulado "La Oposición ¿Para qué?" donde definía claramente como debería ser un partido de oposición en el país.

Clara López, el remplazo de Lucho Garzón en el Ministerio de Trabajo escribió artículo titulado "La Oposición ¿Para qué?" donde definía claramente como debería ser un partido de oposición en el país. (Ver No podemos condonar pecados morales, M-19 configura expectativas peligrosas: Álvaro Gómez Hurtado)

Una de las críticas a la aceptación de Clara López en el gabinete de Juan Manuel Santos es la vieja práctica política de aceptar cargos cuando anteriormente se había estado en la oposición; en dicho artículo Clara López escribe:


"Uno de los efectos más persistentes y nocivos del Frente Nacional se presenta en la concepción y práctica de la oposición política. Acostumbrados a compartir las mieles del poder en la forma de puestos burocráticos y diplomáticos, información privilegiada y contratos, un mayoritario e influyente sector de políticos y empresarios, simbióticamente vinculados, desarrolló un cómodo concepto de oposición que les permitió por largos años repicar y estar en la procesión." (Ver Temas básico están ausentes del debate: Uribe Vélez sobre los diálogos en la Habana)

López Obregón iba más allá, criticó el argumento de denominar oposición patriótica, a aquella que es supuestamente constructiva o reflexiva. "Una postura detrás de la cual se esconde un colaboracionismo vergonzante que facilita aceptar cargos públicos y votar proyectos de ley, inconsistentes con las posiciones políticas previas, al gobierno del cual se denigraba hasta la víspera."


Y añade, no es de extrañar, entonces, la progresiva falta de confianza popular en los partidos tradicionales que se enfrentaban en las plazas pero se acomodaban en todos los gobiernos. Tampoco debe sorprender el que fueran reemplazados en el imaginario social por líderes carismáticos cuidadosamente proyectados como redentores incontaminados de las cuestionables prácticas de los intereses creados. (Ver La defensa de Eduardo Montealegre a las Amnistías, aún de Delitos Atroces)

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