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26 de marzo de 2015

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Nadie sabe dónde estamos

El meritísimo General Mora Rangel anda en el peor de los mundos posibles. Sabe que le debe lealtad a su Patria, a su Ejército y a su propia gloria, de algún modo precioso patrimonio de todos.

Por Fernando Londoño Hoyos

El meritísimo General Mora Rangel anda en el peor de los mundos posibles. Sabe que le debe lealtad a su Patria, a su Ejército y a su propia gloria, de algún modo precioso patrimonio de todos. Pero también le debe lealtad a Juanpa, a la promesa de no revelar lo que pasa de puertas adentro en ese cubículo infernal donde se ha movido entre las sabandijas que combatió más de treinta años.

Creemos que prima, que debe primar en su corazón la lealtad que juró ante su bandera el día en que fue ascendido al grado de subteniente de su Ejército glorioso. Y que por ello debe tener con ese su Ejército, y con la nación que ama a su Ejército, la cortesía de la verdad.

Mora dijo mil veces que mientras estuviera en La Habana no permitiría que se discutiera nada que dañara las Fuerzas Militares. Por donde colegimos que su retiro se debe al fracaso de ese compromiso solemne, porque Jaramillo y De La Calle, los únicos sobrevivientes de esa catástrofe moral, están dispuestos a entregarle a los enemigos la cabeza sangrante de nuestros soldados. Nada menos que eso.

El retiro de Mora parte en dos la Historia desgraciada de estos diálogos. Y a ese propósito cabe un intento de balance de prueba, como lo llaman los contadores. Vamos a ello.

Para empezar, nada sabemos del famoso prólogo de la carta Santos (Enrique) Timochenko. Nunca dijeron las FARC que renunciaran a tratar los temas que en ese espacio se contienen, y que a su turno abarcan todos los grandes temas del Estado. En qué quedamos: ¿el prólogo es o no tema pendiente de las conversaciones? Como cualquier jugador tramposo de un Póker sucio, las FARC tienen ese as bajo la manga. Que con solo sacarlo nos devuelve al principio de las cosas.

Tampoco sabemos nada de los 30 temas de los tres primeros capítulos que las FARC han dicho pendientes. Ni siquiera han tenido la gentileza de decirnos cuáles son. Pero no será difícil inferir que son los asuntos más complejos y decisivos. Lo fácil, con lo que ya se juega la suerte de Colombia, lo hemos leído en la mala prosa mamerta de los escritos que lo contienen. Lo difícil ha quedado postergado. Mora, lo mismo que lo del prólogo, conoce ese pequeño detalle. ¿ Lo guardará en silencio?

En qué quedaron las partes en cuanto a las penas que merecen los delitos inenarrables cometidos por los bandidos de las FARC, es también motivo de profundo silencio. Juanpa y el mamertismo, con el Fiscal a la cabeza, siguen hablando de las penas alternativas. Pero ni una palabra de cuáles sean ellas y de cómo se conciliarían con los tratados vigentes y con la doctrina y la jurisprudencia universales en la materia.

Tampoco nos dicen palabra sobre la cuestión de las armas. Márquez, ese horroroso criminal al que oímos perorar todos los días, insiste en que dejar las armas vale tanto como mantenerlas y no usarlas. ¡Linda interpretación! Juanpa musitó hace poco que no habría paz sin entrega real y comprobada de las armas. ¿En qué quedamos?

Algo más y mejor sabemos sobre el futuro del narcotráfico, el “combustible que alimenta todas las guerras” en palabras del Presidente Uribe. Porque está bastante claro que la eliminación de los cultivos queda a cargo de las FARC, que es como dejar a Al Capone el manejo de la seguridad de los comerciantes de Chicago. Y como además quedaron prohibidos los bombardeos, y las fumigaciones y las extradiciones, sacamos en limpio que Juanpa le entregó el país al narcotráfico.

El futuro de las Fuerzas Militares parece claro. Tan claro como que serán especie en vía de extinción. Fuera de los lugares apartados del país, que se entregan a las FARC en lo ya firmado, y fuera de los sitios donde se cultiva y procesa la coca, les quedan las fronteras y las misiones a Sudán, Siria, Irak o Crimea, que les tienen recetadas. Mientras más lejos, mejor, por supuesto.

Tal vez esa fue la gota que colmó la copa de la paciencia de Mora. Porque como es lo que le dijimos todos los colombianos que ocurriría antes de que expusiera su nombre y su prestigio en esa empresa tan escabrosa, no puede alegar inadvertencia. ¡Cuánto se le dijo!

Y al parecer por eso estalló, destrozando la fe que podía quedar en aquellos malditos diálogos. Sin Mora solo queda el camino de las claudicaciones finales.

Vendrá ahora el modo de protocolizarlas. Si será con el referendo de Juanpa o con la Constituyente de Timo. Ambas, burdas celadas para engañar tontos. Porque los dos sistemas vienen llenos de salvedades, verdades a medias, engaños y maromas. Es la parte final del Circo, del que Mora no quiso ser payaso.




La Opinión, Cucuta, 24/03/2015

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