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26 de marzo de 2015

Cambio extremo

La Corte Constitucional no ha sido tan impoluta como muchos creen. No solo se mueven en ella tan malsanos intereses como en las otras altas cortes, sino que ha sucumbido a dos pecados graves como el de que sus fallos sean cabestreados con un notorio sesgo ideológico

Por Saúl Hernández Bolívar

Debería fijarse una edad mínima para ser magistrado, digamos 55 años

La Corte Constitucional no ha sido tan impoluta como muchos creen. No solo se mueven en ella tan malsanos intereses como en las otras altas cortes, sino que ha sucumbido a dos pecados graves como el de que sus fallos sean cabestreados con un notorio sesgo ideológico y el de arrogarse el derecho de legislar, suplantando a otra rama del Estado bajo una amañada interpretación de la Carta Política.

Pero si allí llueve, por las otras barandas (no dije bandas) mayores de la purulenta Rama Judicial no escampa. Tanto que para hablar de altos magistrados toca ponerse esos trajes que se usan para atender a enfermos de ébola. Un jurista de los de antes dizque solía decir que un juez no puede recibir ni una almojábana de nadie. Mucho menos un alto togado que goza de jugosos emolumentos que le permiten una independencia que luce imposible en jueces que tienen que irse para la casa en TransMilenio, como vimos en la televisión.

Sin embargo, los de hoy no conocen esa regla de oro y se solazan con los regalos interesados de cuanto bandido y lagarto se les aparece con botines, relojes, trago fino, buenas viandas y otras ‘atenciones’ que no es decoroso mencionar. No faltan a paseos pagados por mafiosos o lobistas, da igual; se van de crucero a su amaño, recorren el mundo con nuestros impuestos y hasta prefieren las clases universitarias a cumplir su jornada laboral.

Claro que esas son minucias frente al ‘carrusel’ de las pensiones, el ‘roscograma’ judicial, la puerta giratoria entre las cortes, el notorio tráfico de influencias y de sentencias, los falsos testigos –como en el caso de Luis Alfredo Ramos– y la aberrante politización de la justicia y judicialización de la política. Ah, y ¿qué tal las cortinas de humo? Revivir la revocatoria de Petro, a un costo de 40.000 millones, es prueba de que en esa Corte nadie puede tirar la primera piedra.

De hecho, hay cierto tufillo de que a Pretelt lo quieren sacar por otras razones, no por una coima que no recibió. Pero todo esto reafirma la necesidad de una constituyente para reformar la justicia (y solo la justicia). Se requieren cambios estructurales, como que la Constitucional vuelva a ser una sala de la Suprema para darle fin a un enfrentamiento que le ha traído graves problemas al país. Igualmente, el Consejo Superior de la Judicatura debe desaparecer; se necesita un ente especializado para administrar los recursos de la rama, y otro que se dedique al tema disciplinario. Y, claro, es necesario un tribunal de aforados.

Aunque nada se arregla si no se afina la escogencia de los magistrados. Así como hay carrera militar, debería haber carrera judicial, ascendiendo peldaño a peldaño. Y, así como los militares, los jueces no deberían ser deliberantes ni tener participación en política. Nada de candidatos quemados, devenidos en magistrados como premio de consolación.

Debería fijarse una edad mínima para ser magistrado, digamos 55 años, y ejercer hasta la edad de retiro forzoso, que podría ser a los 70, marcando el final de su vida laboral de manera obligatoria.

Y toca meterse con sus familias: parientes hasta un segundo o tercer grado de consanguinidad deberían quedar impedidos para ejercer altos cargos públicos o suscribir contratos desde cierto monto. Es que la justicia se pervierte si sus máximos representantes actúan como gamonales que perpetran una usurpación del poder a gran escala. Además, a todas las cortes se les debe eliminar su función nominadora, y es necesario meterle mano a la tutela. La cirugía es urgente.

* * * *

¿Contará Mora Rangel por qué lo ‘salieron’ de La Habana? ¿Las Farc quemaron vivo al soldado Perdomo o primero le dieron el tiro de gracia y lo incineraron después?

El Tiempo, Bogotá, marzo 24 de 2015.

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