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12 de enero de 2015

Los avaladores de la muerte

Siempre he desconfiado de las mentes que no procesan el humor, que se lo toman en sentido literal. Ahí están los de siempre, los que a la condena de cada acto terrorista le agregan un “pero...”, que, en el fondo, excusa a los asesinos.

Charlie hebdo
Por Mauricio Vargas

Siempre he desconfiado de las mentes que no procesan el humor, que se lo toman en sentido literal.

Ahí están los de siempre, los que a la condena de cada acto terrorista le agregan un “pero...”, que, en el fondo, excusa a los asesinos. Han asomado a raíz del cobarde asesinato de diez periodistas y dos policías por una pareja de hermanos alucinados por el fundamentalismo que se proclama islamista, en un asalto al semanario satírico Charlie Hebdo, en París.

En Colombia, a los más horrendos actos de las Farc en Bojayá o El Nogal, o de los paramilitares en Segovia o Urabá –o al asesinato de Antonio José de Sucre, si nos remontamos al inicio de la República– nunca les han faltado validadores. Ahora ha hablado el semanario Voz, del Partido Comunista. En su página editorial y con los cadáveres de los caricaturistas y articulistas franceses y de los gendarmes aún calientes, apareció una condena del ataque, pero con una descalificación de Charlie Hebdo considerado por Voz “un monumento a la intolerancia, al racismo y a la arrogancia colonial”.

Algo similar había dicho el entonces presidente francés, el centroderechista Jacques Chirac, al considerar que una caricatura de Mahoma publicada en Charlie –que, por cierto, solía meterse con Chirac y con Mahoma, pero también con el papa, con los judíos ortodoxos, con los estalinistas– era “una provocación manifiesta”. Tanto Voz como Chirac olvidaron que, incluso, en las cortes de los reyes absolutistas había un personaje con licencia hasta para burlarse del monarca: el bufón. Y que toda sociedad necesita de bufones para que no se adormezca en la estúpida comodidad del statu quo.

Siempre he desconfiado de las mentes que no procesan el humor, que se lo toman en sentido literal. Esas mentes son capaces de leer la Biblia o el Corán como instructivos militares y salir a matar a sus semejantes con el peregrino argumento de que es una orden divina. Así ocurrió con las cruzadas y así ocurre con la yihad.

Son actos de brutalidad, es decir, actos cometidos por brutos. Como los de Hitler y Stalin, que también encontraron avaladores, el primero porque trancaba el avance bolchevique, y el segundo porque atajaba al nazismo. Por cierto, ambos perseguían a los judíos y a los gitanos y a los homosexuales y a cualquier grupo cuya mera existencia amenazara sus entendederas.

En la misma línea se inscriben Pinochet en Chile y Videla en Argentina. Y también los hermanos Castro en Cuba, aunque a ellos siempre ha estado de moda pasarles sus sangrientos pecados. Y, claro, se inscriben Mancuso y los hermanos Castaño, y ‘Tirofijo’, ‘Timochenko’ y el muy bárbaro ‘Romaña’ y los autores de los ‘falsos positivos’. Y Boko Haram, que secuestra niñas en Nigeria. Y los talibanes, que masacran en Afganistán.

Muchos intelectuales criollos llevan años justificando a la guerrilla: que Colombia es un país injusto, que en los sesenta el sistema político estaba cerrado, que a ‘Tirofijo’ le mataron sus gallinas. Y algo de cierto hay en todo eso, como en parte es cierto que Hitler trancaba a los bolcheviques y Stalin, a los nazis. Pero son verdades a medias, peores que las mentiras, porque no cuentan el resto: la forma en que esos criminales actúan y el precio que la gente paga por ello. Y también hay validadores de los Castaño y cía.: que trancaron a la guerrilla, dicen sin aclarar cómo lo hicieron, ni que lo hicieron para defender sus siembras, laboratorios y rutas cocaleras, negocio que no querían compartir con ‘Tirofijo’ y cía.

Quienes creemos en las libertades que ofrecen nuestras democracias –imperfectas, sí, pero mejores que los demás sistemas que nos han propuesto– debemos alzar nuestra voz solidaria con Charlie Hebdo y señalar y condenar todos los fundamentalismos. Y, además, tenemos que desenmascarar a quienes, de tanto justificar a los criminales, comienzan a tener, ellos también, las manos salpicadas de sangre.


El Tiempo, Bogotá, enero 11 de 2015.

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