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12 de enero de 2015

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Fanáticos vs. Demócratas

He concluido que, en el siguiente sentido, yo no soy Charlie Hebdo. Creo que el humor no tiene por qué pasar por la ofensa y la blasfemia.

Fanáticos vs. Demócratas
Por Rafael Nieto L. 

He concluido que, en el siguiente sentido, yo no soy Charlie Hebdo. Creo que el humor no tiene por qué pasar por la ofensa y la blasfemia. Ofensas y blasfemias que, hay que resaltar, en el caso de la revista se extendían a otras religiones y que incluía a minorías políticas y raciales. Ridiculizar las creencias religiosas, insultar, ofender deliberadamente, es poco civilizado, poco respetuoso, poco tolerante. Por cierto, muchos de quienes en Colombia defienden a Charlie Hebdo callan que, con el auspicio de este gobierno, se aprobó una ley que limita seriamente la libertad de expresión y establece sanciones de cárcel a quienes “hostiguen” “por razón de su raza, etnia, religión, nacionalidad, ideología política o filosófica, sexo u orientación sexual”. Acá la revista estaría cerrada hace tiempo, abrumada por las multas y las penas de cárcel contra el magacín y sus colaboradores.

Dicho esto, yo sí soy Charlie Hebdo. Y lo soy porque creo que en una democracia sustantiva el único límite a la libertad de expresión deben estar en la injuria y la calumnia y no en el criterio arbitrario de un funcionario gubernamental o de juez. Le tengo pavor a la censura y no dudo ni por un instante en que es un error acallar a quienes se salen del esquema, rompen los moldes, acuden a la sátira e incluso a la ofensa, son bufones o excéntricos. No me gusta la apertura a la censura que he citado y creo que es, como otros actos de este gobierno (por ejemplo el quiebre al estado de derecho que hizo vetando la reforma a la justicia aprobada en el Congreso), un pésimo antecedente para la democracia. Como lo son, también, las presiones abiertas o sutiles del Ejecutivo contra los medios y columnistas críticos, a muchos de los cuales logró apartar de sus puestos, y el silencio cómplice de otros medios y periodistas con tales prácticas intimidatorias de la Casa de Nariño.

Y soy Charlie Hebdo porque, por supuesto, rechazo la acción criminal de los fanáticos que deciden asesinar a quienes los ofenden. Quienes matan a quienes piensan distinto a ellos, sea cual sea el motivo, solo merecen la cárcel. Y eso incluye a los fundamentalistas, a los integristas islámicos, a los yihadistas de todos los pelambres que han decidido imponer su visión religiosa a punta de terror.

Pero el problema no solo es el fundamentalismo religioso. El problema es el fanatismo en todas sus especies, religiosas y políticas. Igual de condenable es el yihadista que asesina por sus convicciones religiosas que el nazi o el fascista por las suyas raciales o políticas. O el comunista, puestas así las cosas.

Los que resultan detestables, y hay que combatir, son todos los que deciden que usar la violencia está justificado para alcanzar un ideal político o defender una visión religiosa. Y por ese ideal o por esa creencia secuestra, asesina, acude al terrorismo. Lo que se condena es el método, el medio violento para imponerles a los demás las creencias propias. Por eso en Europa el asesinato político está más duramente condenado que el común. El “delito político” es causal de agravamiento de la pena y nunca lo justifica.

En Europa los asesinatos en Charlie Hebdo y de cuatro personas más acorraladas por los terroristas en un mercado judío, ha movido a la unidad de los demócratas, sin distinción de religión, partido o ideología, en defensa de la libertad y contra el terrorismo. En su momento, fue lo mismo que consiguieron los españoles contra ETA. Aquí no hemos sido capaces.

Peor aun, no solo no nos atrevemos a decir que no hay mayor diferencia entre los terroristas de Al Qaeda o el Estado Islámico y los de las Farc y el Eln, sino que hay quienes defienden su supuesta “motivación altruista” y pretenden que sus crímenes queden sin castigo. Si los fundamentalistas islámicos están matando desde el 11 de septiembre, nuestros fanáticos asesinan hace cincuenta años.

Sí, necesitamos unidad y acción contra los violentos, contra los terroristas, contra quienes quieren imponernos por la violencia su visión del mundo. Y necesitamos defender a quienes, así ofendan, solo tienen la palabra y el lápiz para expresarse. Es la libertad frente al terror, la civilización frente a la barbarie. Sí, también yo soy Charlie.

El Colombiano, Medellín, enero 11 de 2015.

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