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12 de diciembre de 2014

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Paz sin impunidad

Soy un colombiano a quien le ha tocado vivir la totalidad de su vida en medio de la guerra. Quien, desde niño, ha oído hablar de guerrilla, de violencia, de masacres en diferentes partes del país, de secuestros, de homicidios, de torturas, de extorsiones. Un colombiano que ha perdido familiares y que ha tenido que llevar el luto en su alma por el asesinato de allegados y compañeros.

Humberto de la Calle en Cuba
Por Jorge E. Pava Q. 

Soy un colombiano a quien le ha tocado vivir la totalidad de su vida en medio de la guerra. Quien, desde niño, ha oído hablar de guerrilla, de violencia, de masacres en diferentes partes del país, de secuestros, de homicidios, de torturas, de extorsiones. Un colombiano que ha perdido familiares y que ha tenido que llevar el luto en su alma por el asesinato de allegados y compañeros. Un ciudadano que ha sido testigo del silencio obligado de la gente buena, y que ha vivido la amargura de saberse alejado de muchos de sus amigos que han tenido que salir del país por las amenazas del terrorismo. Es decir, soy un colombiano más en medio de este hermoso país del que se han apoderado unos cuantos criminales hoy entronizados en las altas Cortes, en los organismos de control y de justicia, en los órganos legislativos y en el poder ejecutivo. Un colombiano a quien el Gobierno Nacional lo está sometiendo a los designios trazados por los terroristas de las Farc.


¿Cómo no querer la paz entonces? ¿Cómo no ansiar que las generaciones que vienen no tengan la desdicha de vivir en medio del terror, del miedo y de las amenazas constantes? ¿Cómo no aspirar a que a los niños y jóvenes se les abra un futuro en su Patria y puedan quererla sin resentimientos y sin recelos? ¿Cómo no pretender que nuestros hijos puedan encontrar oportunidades en su tierra y no tengan que salir exiliados a poner su inteligencia y capacidad al servicio de otros países?

Pero lastimosamente esa paz que hoy se nos ofrece no es más que un sofisma, una quimera y un engaño. No es más que un instrumento mediante el cual se está buscando impunidad para un grupúsculo de asesinos, terroristas, narcotraficantes y despiadados criminales que han encontrado eco en un Gobierno pusilánime y lo han convertido en su principal aliado.

Un Gobierno que, como va, resultará instaurando un régimen abiertamente clonado y aliado con Cuba y Venezuela en el que la niñez y la juventud -que son nuestras principales responsabilidades- tendrán que crecer sometidos al yugo de la pobreza general para complacer a unos cuantos millonarios, cuya fortuna ha sido arrebatada del bolsillo de colombianos buenos, y lavada por la impunidad que les brinda la mediocridad del Gobierno y el silencio de la mayoría.

Por eso apoyo irrestrictamente la marcha del día de mañana que se ha convocado por las redes sociales con el HT de #YoMarchoEl13DeDiciembre. Porque ahora que todavía podemos protestar y alzar la voz, no debemos seguir silenciosos; porque si nos callamos ante el peligro evidente, latente y ominoso, mañana tendremos que llorar por cómplices y conniventes; porque si guardamos indiferencia mientras nos llevan al abismo del castrochavismo, muy pronto no tendremos con que secar nuestras lágrimas por carecer de todo; porque si guardamos silencio ante tanta aberración y perversión, les estaremos avalando la desvergüenza al Gobierno Nacional, y el cinismo, la prepotencia y los actos terroristas a quienes hoy dominan desde La Habana.

Repito: el mayor anhelo es la paz. Pero no una paz con impunidad; porque lo que haríamos sería entregarle el país a los criminales, mientras la gente buena tendríamos que vivir bajo su dominio y esclavos de sus perversiones; tendríamos que vivir en un silencio obligado, y aquellos que hoy lo guardan por voluntad, muy pronto se verían ahogados en su necesidad de expresar su repudio y no tendrían ni un espacio para hacerlo. O, de hacerlo, tendrían que pagar con su libertad o con su vida por atentar contra una dictadura perversa.

De los 193 mil millones de pesos que se han invertido en Aerocafé, casi 80 mil fueron manejados por Gilberto Saffón Arango y sus aliados. ¿No será hora de llamarlos a que rindan cuentas y expliquen detalladamente en qué se los gastaron? ¿Tendrán derecho a seguir manejando esta región cuando hay evidencias de un pasado económico oscuro y misterioso? Tengo que insistir en mi posición: los culpables de la debacle de Aerocafé no son los inculpados por el citado señor y las entidades gremiales y supuestamente cívicas. ¡No! Los responsables son los prohombres que siguen sintiéndose con el derecho de decidir sobre nuestro futuro, mientras se enriquecen con la ruina regional.

@titepava

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