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11 de agosto de 2014

Silencios Inaceptables

En una columna que escribí en este diario hace ya varios meses, argumentaba que el gobierno del presidente Santos estaba perdiendo la autoridad moral para contrarrestar la protesta social al no condenar los actos de barbarie que continuaban cometiendo los grupos terroristas de izquierda que operan en Colombia.

Juan Manuel Santos
Por Alberto J. Bernal-León

En una columna que escribí en este diario (La República) hace ya varios meses, argumentaba que el gobierno del presidente Santos estaba perdiendo la autoridad moral para contrarrestar la protesta social al no condenar los actos de barbarie que continuaban cometiendo los grupos terroristas de izquierda que operan en Colombia. En aquella columna argumentaba que si como todo parece indicar, los delitos de lesa humanidad van al fin a caer dentro de alguna clase de justicia transicional, una que muy probablemente ni siquiera incluirá pena privativa de la libertad, entonces ¿con qué autoridad moral van a ir las instituciones a pedir que le den cárcel a un ladrón de carros? O ¿a un violador de niños? O a un conductor borracho que asesina a alguien? Reitero mi preocupación, pero en un contexto un poco diferente.

En esta ocasión, pienso que el silencio del presidente Santos para con los actos terroristas que cometen las guerrillas izquierdistas de Colombia a diario, no es solo que le quite autoridad moral a él para imponerle penas a otros miembros de la sociedad, sino que más bien le da vía libre a estos terroristas para, a falta de mejor expresión, “velársela al presidente”. Esta preocupación es muy relevante, pues las FARC saben perfectamente que el futuro político del presidente Santos está atado al éxito de este proceso de negociación. Mejor dicho, las FARC saben que Juan Manuel Santos nunca se va a parar de la mesa de negociación. Es cierto, el presidente Santos ya ganó las elecciones, pero su legado histórico no está asegurado, entre otras porque lo más probable es que las obras 4G las esté inaugurando Germán Vargas, o hasta el mismísimo Petro, si Colombia continúa votando con el deseo y no con la razón. 

Entre otras, considero que es un error garrafal callar ante eventos como el vil asesinato de la niña de dos años en el departamento del Cauca hace unos días a manos de las FARC, al mismo tiempo en que estos tipos vociferaban desde La Habana que ellos eran supuestamente víctimas y no victimarios. Es un error inmenso callar ante el derramamiento de miles de barriles de petróleo en las nacederos de agua de Colombia, crimen que en cualquier lugar del mundo hubiera recibido varios días de primera página en la prensa. Quizás la gente se acordará de las imágenes que mostraba CNN las 24 horas del día durante el accidente ecológico de la BP en las aguas del Golfo de México, en las que se apreciaba como salía a borbotones petróleo del pozo “Macondo”. Pero no, en la Colombia del “mi aporte es creer” esa barbaridad no merece primera página. Será aquella bestialidad de la famosa “autocensura” que tanto pregonan los que hoy tienen el poder. 

Todos los colombianos queremos la paz. Es necio seguir con ese cuentico de tratar de dividir a la población entre los “buenos”, que son los que están con este proceso, y los “malos”, quienes pensamos que es apenas lógico entender que acá no estamos negociando con altruistas, sino con mafiosos que ya están por fuera de cualquier posible redención. Seamos sinceros, este tipo alias “Timochenko” no tiene alma. Ese personaje no tiene conciencia, es un enfermo mental que ya seguro perdió la cuenta de cuánta gente ha matado y torturado, y por lo tanto, es una persona que, por lo mínimo, merece recibir una pena privativa de libertad que sea relevante. ¿Qué es relevante? Pues por lo menos lo mismo que están pagando los jefes del paramilitarismo. 

Muchos críticos me dicen que si nos enfocamos en que haya pena privativa de libertad, pues entonces no habrá proceso, y por lo tanto, no habrá paz. Pues les tengo noticias: sin pena privativa de la libertad, sin castigo proporcional al crimen, no habrá justicia, y si no hay justicia, entonces no habrá paz duradera. El silencio de la administración Santos para con las barbaridades que continúan llevando a cabo estos criminales de las FARC, silencio que esta administración piensa contribuye al “logro de la paz”, no hace más sino alejarla. Hasta los niños entienden que no hablar sobre un problema no implica que éste desaparezca.

La República, 11/08/2014

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