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4 de agosto de 2014

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Lo que mal empieza…

Santos termina tan mal como empezó. La primera de sus traiciones fue aquélla de invitar como huésped ilustre al tirano Hugo Chávez. Qué de elogios no mereció por esa estupidez.

Santos Y Maduro
Por Fernando Londoño Hoyos

Santos termina tan mal como empezó. La primera de sus traiciones fue aquélla de invitar como huésped ilustre al tirano Hugo Chávez. Qué de elogios no mereció por esa estupidez. Cómo se deshicieron en halagos y encomios por habernos liberado de las malas relaciones de vecindario que traía el Presidente Uribe Vélez. Qué hombre tan perspicaz, dijeron los que saludaron la aurora de una relación nueva y distinta con Venezuela. Pues hoy recordamos con angustia tanto elogio, después de saber el precio que nuestros hermanos han pagado por soportar ese bárbaro.

Ahora no hay excusa posible. La invitación a Cartagena de Nicolás Maduro carece de atenuantes. Santos lo llama, porque se parecen el uno al otro, porque funciona aquello de las afinidades electivas de Goethe.

Maduro es un déspota de pacotilla. Santos no puede ignorar que Leopoldo López purga en una mazmorra infame su amor por la libertad. Está claro para él que María Corina Machado sufre arraigo en su Patria por defender el derecho de opinar y por ejercer la sagrada función de la protesta. Tendrá presente que varios alcaldes de la oposición gimen entre cadenas y que centenares de jóvenes estudiantes han perdido su libertad por reclamar el derecho a manifestar su oposición a un régimen caduco y corrupto.

Cuando Maduro gozaba de la condición de Huésped de Honor en Cartagena, dos venezolanos recibían el peso de la censura oficial. Rafael Díaz Casanova y Fernando Ochoa Antich tuvieron que cerrar sus plumas tras más de 20 años de servirlas con honor en El Universal. Lo primero que detestan los tiranos es la libertad de opinión.

Venezuela padece la mayor violencia desatada en el continente. Más de 53 asesinatos por cien mil habitantes demuestran el carácter del régimen que Santos exalta. Venezuela es un infierno y Maduro es su demonio.

Santos trae a Maduro el día en que Maduro recibe como héroe al jefe del cartel de los soles, el General Hugo Carvajal Barrios. Por limitado que sea don Juanpa, no podrá ignorar el costo que para Colombia tiene el apoyo que las FARC reciben de cierta cúpula militar venezolana en el tráfico de la cocaína. Pero tampoco eso importa: bienvenido Maduro.

Santos no puede hacerse que ignora el costo que los venezolanos han asumido manteniendo el régimen de los Castro en Cuba. Doce mil millones de dólares le valen por año esa excentricidad a un país que no tiene leche, no tiene carne, no tiene harina, no tiene papel higiénico. Y ese es el país más rico de toda América. Santos no obra como simple alcahueta. Obra como cómplice. Por eso los venezolanos lo detestan y desprecian.

¿Para qué entonces correr ese riesgo político y desafiar la opinión libre de América?

Pues para buscar otro “espaldarazo” a su proyecto de paz. Y estrictamente hablando, el que precisa con más urgencia. Porque Maduro es el anfitrión de Timochenko y de sus bárbaros. Y porque Castro requiere espacio político para su pupilo y seguir manejando los hilos de la paz de La Habana. Sobre todo ahora, cuando estrena jefes, los dueños de Rusia y de China. Los que nos quitaron el Mar de San Andrés, sin que Juanpa lo notara, por supuesto. 

La Opinión, 3/Agosto/2014

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