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27 de junio de 2014

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El tanque de oxigeno

A la luz de los acontecimientos de la última semana, la organización narcoterrorista Farc ha recibido como un tanque de oxigeno político la reelección de Juan Manuel Santos.

Juan Manuel Santos
Por Rodrigo Gallo

A la luz de los acontecimientos de la última semana, la organización narcoterrorista Farc ha recibido como un tanque de oxigeno político la reelección de Juan Manuel Santos. Volver a salir a las carreteras a quemar vehículos y poner explosivos en las ciudades son indicadores de sentirse en una posición de tener el sartén por el mango. Y es que quizá no están lejos de ello pues el tal proceso de La Habana, es el abyecto paraguas con el que el Presidente Santos ha cobijado toda su ineptitud ejecutiva. Colombia va mal y todo lo abominable que al gobierno se le ocurre hacer, lo justifica con la búsqueda de “la paz”. 

Lo complejo del asunto, es que al señor jugador de póquer, le ha dado por apostar con la sangre de los colombianos de bien, y sus compañeros de juego son los más crueles y sanguinarios terroristas que haya conocido la historia. Terrible escenario donde quienes ponemos los muertos somos los ciudadanos, las instituciones democráticas y los campesinos, mientras que los terroristas se enriquecen alimentados por el perverso negocio del narcotráfico, y el Presidente Santos se sirve de ellos para concentrar en su persona el poder político del país, en desmedro del camino de desarrollo y pacificación que debe seguir toda nación democrática.

Todo crimen contra la humanidad que haya sido cometido en el orbe, y del cual muchos de nosotros como colombianos hemos repudiado, como los de Boko Haram, Al Qaeda, Ira y Eta, pasando por las matanzas étnicas de África y llegando hasta los conflictos religiosos de oriente, han sido superados con creces por la narcoterrorista Farc y su filial M-19, en número de víctimas y nivel de crueldad, y sin embargo, lejos de ser perseguidos por el Estado y condenados por la intelectualidad colombiana, son más bien tratados como una especie de rebeldes con causa con quienes la sociedad tiene contraída una deuda, y es entonces cuando al amparo del miserable sofisma del pensamiento diferente, se les permite y casi que se les aplaude toda su colección de vejámenes. A algunos, incluso se les elige Alcaldes de Bogotá, mientras los verdaderos defensores de la democracia son perseguidos judicialmente y mantenidos privados de la libertad utilizando esperpentos jurídicos que harían palidecer a cualquier dictador.

Y el caso tiene tendencia a empeorar, pues es presumible que con la complacencia del gobierno Santos, se produzca una escalada terrorista de alta magnitud, que lleve a que la sociedad, presa del terror, se quiebre en su voluntad y apruebe en las urnas cualquier locura que resulte de esa negociación entre bandidos, amparada por el bandido mayor que gobierna la isla-prisión de Cuba. El terrorista no conoce otro medio para lograr sus objetivos que la implantación del terror y cuando gracias a las infinitas desgracias que parecen suceder únicamente en el país del sagrado corazón, cuentan con un gobierno proclive al crimen, no es difícil intuir las duras horas que le esperan a la patria.

Por su parte el gobierno, ya libre de la presión electoral, va a tratar de dilatar el famoso proceso al máximo posible para sacarle toda la utilidad posible mientras las Farc cumplen con su objetivo de someter mediante el terror a toda la sociedad. Todo ello para lograr un acuerdo que de todas maneras, nos va a dejar el 70 u 80 por ciento de los actores violentos en pleno ejercicio, fortalecidos políticamente y con su boyante negocio de narcotráfico produciendo un “realero” que seguirá alimentando los fusiles de unos irredimibles que gracias a esta tragedia conocida como la reelección de Santos, tendrán un mínimo de 4 años de patente de corso para asesinar colombianos de bien. Puesto el panorama, la verdad no entiendo que es lo que celebra el santismo, si es que tal cosa existe.

Rodrigo Gallo
@AlegreBengali



Ad: Tratar de combatir una pluma con un fusil, muestran la ignominia y el pauperismo político de las organizaciones terroristas.

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