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11 de abril de 2014

Voltearepismo

Siempre me he opuesto a la llegada de Juan Manuel Santos a la Presidencia, debido a que estimo que su nombre es un mal ejemplo para nuestra tan deseada meritocracia colombiana.

Juan Manuel Santos
Por Andrés Quintero Olmos

Siempre me he opuesto a la llegada de Juan Manuel Santos a la Presidencia, debido a que estimo que su nombre es un mal ejemplo para nuestra tan deseada meritocracia colombiana. Hoy toca explicarles a los jóvenes colombianos cómo logró Santos llegar a la Presidencia en el 2010 sin antes haber tenido que participar en alguna elección. Una aberración.

Como dice la canción de Diomedes, Santos nació en cuna de oro; en el seno de una poderosa familia que controlaba el periódico más importante del país. Gracias a esto pudo trabajar más de 10 años como diplomático y volverse un influyente periodista y lobista. Lo cual lo llevó evidentemente a obtener cargos públicos en diversos y contrastados gobiernos.

Juan Manuel Santos comenzó como lopista y entró al liberalismo con Gaviria en la cartera de un ministerio en sus manos. Después fue samperista pero no tardó en voltear la arepa y volverse el principal golpista de este: organizó a un sector legal e ilegal del país para derrocar al presidente Samper (con jefes paramilitares y guerrilleros, según la columnista María Jimena Duzán). De golpista malogrado de Samper pasó a ser el principal defensor del conservadurismo al ser nombrado ministro de Hacienda durante el gobierno de Pastrana.

En el 2002, con Uribe ya en el poder, retornó al liberalismo, terminando así temporalmente con sus andanzas conservadoras. En las elecciones del 2006 votó en contra de la reelección de Uribe, pero tras el calor de los comicios se transformó en uribista y logró destacarse ante el Gobierno a través del Partido de La U. Asimismo, consiguió ser nombrado ministro de Defensa y se mostró ante la luz pública como el más acérrimo uribista. Finalmente, le apostó a ser el heredero de Uribe en las elecciones del 2010. Sin embargo, y sin sorprendernos, al minuto después de haber ganado sus primeras elecciones, anunció –sin escrúpulos– que ya no era uribista sino santista, es decir, un calculador de oportunismo.

Durante su gobierno, el ya presidente Juan Manuel Santos aglutinó a todo el mundo (Unidad Nacional) a través de la llamada ‘mermelada’ o, como diría Alonso Sánchez Baute, a través de la corrupción pura y dura. Ejemplo de esto es su famosa y fracasada reforma a la justicia, que solo supo mostrar la punta del iceberg de su clientelismo.

En vísperas de las próximas elecciones presidenciales, el ahora Juan Manuel Santos se presenta como el candidato del liberalismo, del conservadurismo, del PIN (Opción Ciudadana) y de algunos confiteros verdes. También se exhibe como el pacificador del país, el traidor de su clase, el protector de las víctimas, el candidato del extremo centro, el populista (casas gratis), el pragmático diplomático (el mejor amigo de Chávez) y el candidato anti-uribista. Por eso, como dijo en su momento María Jimena Duzán, con semejante palmarés, él es el campeón nacional del “voltearepismo”.

Ante este símbolo de influencias político-familiares, predilectos favoritismos, artimañas, ligerezas políticas y traiciones al electorado, ¿cómo podemos enseñarles a las nuevas generaciones que el trabajo, la coherencia y la honestidad son los verdaderos elementos del ascenso social y del triunfo político?

El Heraldo, 11/04/2014

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