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20 de abril de 2014

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El pueblo vecino

Amable lector. Una tarde de jueves santo (1812) en la ciudad de Caracas el cielo era azul, todo era tranquilo y los fieles asistían a las ceremonias de la Semana Santa.

Por Rafael Isaza González

Amable lector. Una tarde de jueves santo (1812) en la ciudad de Caracas el cielo era azul, todo era tranquilo y los fieles asistían a las ceremonias de la Semana Santa. De repente la tierra tembló con fuerza, muchas iglesias y viviendas quedaron destruidas. Los muertos fueron cerca de 14.000.

Los historiadores coinciden en afirmar que los habitantes de Caracas eran amigos de la buena vida, aun sin conocer de las riquezas del petróleo, poco adictos al trabajo. Allí, había tanto lujo, como en las capitales europeas.

Por esa misma época se iniciaba una guerra civil que causó mucho más destrucción y muerte que el terremoto. Los bandos opuestos, liderados uno por el general Domingo Monteverde y sus dos colaboradores inmediatos Vicente y Antonio Gómez, se caracterizaron por su crueldad. Tampoco se quedó atrás el grupo de patriotas cuyo principal promotor de la guerra a muerte contra los españoles, fue José Félix Rivas, secundado por su pariente político Bolívar.

Desde la independencia en ese país han surgido numerosos líderes, en su mayoría, por no decir todos, carentes de capacidad, poco escrupulosos, habidos de bienes materiales y más de uno ha pretendido ser por lo menos parecido a Simón Bolívar. Más que estadistas han sido actores de circo.

El libertador fue un hombre con grandes defectos que los opacó con su grandeza. Luchó por la independencia de los pueblos de América y lo entregó todo a cambio de que le reconocieran su gloria, que al final le fue esquiva. Solo recibió el desprecio, la humillación y el abandono.

El coronel Chávez quiso indagar sobre la verdadera causa de la muerte de Simón Bolívar y luego tener una idea fidedigna de su físico. Si él hubiese llamado a la tía Jesusita, excelente lectora, le habría contestado que no sucumbió por los excesos en el amor, pues de ser así muchos de los nuestros se habrían ido de este mundo hace tiempo.

Lástima que ni Chávez ni ninguno de sus antecesores se hubiese preocupado por conocer el alma del libertador. Hombre de carácter, rápido en la acción, generoso y, sobre todo, por haberse opuesto siempre a la lucha de clases, de lo cual dio ejemplo, con palabras y con hechos.

Al observar la figura del cuadro de Bolívar, que aparece al fondo cuando el presidente Maduro vocifera azuzando al pueblo contra los que él llama la oligarquía, pareciera que de los ojos del libertador brotaran lágrimas, al escuchar la insensatez de quien ostenta la primera magistratura de ese país.

La revolución bolivariana, donde unos ineptos sueñan con tener una patria mejor para todos, fomentando el odio entre los venezolanos, cerrando empresas, desestimulando la inversión, el ahorro, el trabajo, la libertad de expresión y manipulando la justicia; salvo que surja una figura capaz de impedir que esta nación siga cayendo en el caos, el desastre es inminente.

Queramos o no, el daño no solo será para Venezuela, sino para Colombia. Lástima que nuestros gobernantes actuales no lo crean. Doctor Santos, en esta Semana Santa pídale al Señor que lo ilumine.

El Colombiano, Medellín, abril 19 de 2014.

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