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19 de marzo de 2014

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Sentido Común, Ni derecha ni izquierda por Álvaro Uribe

La visión que categoriza los gobiernos como de izquierda y derecha, es una perspectiva simplista que produce un ambiente político polarizante. Ha desatado emociones y sensibilidades irreconciliables, que no son consecuentes con las acciones que se llevan al interior de los gobiernos y que amenazan la unidad de nuestros países.

Sentido Común | Ámerica Latina: Ni neoliberalismo, ni estatismo; ni derecha ni izquierda

Por Álvaro Uribe Vélez

Álvaro Uribe Vélez
La visión que categoriza los gobiernos como de izquierda y derecha, es una perspectiva simplista que produce un ambiente político polarizante. Ha desatado emociones y sensibilidades irreconciliables, que no son consecuentes con las acciones que se llevan al interior de los gobiernos y que amenazan la unidad de nuestros países. 

Tenía validez cuando había dictaduras en el continente, y se asumían unas posiciones de izquierda -bien alimentadas por el humanismo europeo, especialmente por el humanismo de la posguerra, de Norberto Bobbio y otros, para combatir esas dictaduras. 

Es una categorización simplista porque el problema es mucho más hondo que los linderos que se suelen trazar al sustentar esa aparente división. Es una visión obsoleta, porque si sus fundamentos fueron válidos para la época de las dictaduras militares, no lo son en las condiciones democráticas actuales. 

Cuando decimos que debe quedar atrás esa clasificación entre democracias de izquierda y de derecha en el Continente, es porque finalmente no tiene consecuencias, efectos, en los resultados sociales y económicos. En cambio, sí logra la polarización política. 

He procurado pensar en lo que serían los elementos divisores, para poder calificar a América Latina entre gobiernos de derecha y gobiernos de izquierda. 

1. La globalización: Yo creo que allí hay más un eufemismo, un deseo de artificios ideológicos, que una realidad. Cuando uno vende sin necesidad de acuerdos de mercado todo lo que produce, puede protestar contra la globalización. Pero cuando uno produce solamente aquello que necesita acuerdos de mercado para poder acceder a más consumidores, tiene que entender más claramente la globalización. 

Yo no creo que la globalización sea hoy el elemento para decir que quienes están a su favor sean de derecha y quienes la combatan, de izquierda. 

2. La seguridad: Es de derecha, mala, militarista, mientras no se tiene necesidad de acometer programas de seguridad; mientras no llega el secuestro, mientras el narcotráfico y los grupos terroristas no ponen en jaque al Estado. Pero, cuando aparecen esos fenómenos, los gobiernos o, ejercen la autoridad, o sumen a sus pueblos en la anarquía. La prioridad de la seguridad, pues, no puede ser un divisor ideológico. Tiene más o menos prioridad, según el momento que viva cada país. 

3. La cohesión social: Ninguna democracia, ninguna política, se sostiene en el largo plazo sin la búsqueda de consolidar la cohesión social. 


No creo que estos tres elementos permitan calificar a unas democracias como de izquierda y descalificar a otras como de derecha. Proponemos que, en su lugar, se utilicen cinco elementos para una calificación científica de las modernas democracias latinoamericanas, según tengan o no: 

Seguridad con alcance democrático 

Protección efectiva de las libertades públicas 

Transparencia como factor de confianza 

Cohesión social como principio de sostenibilidad democrática 

Independencia de sus instituciones. 

Con esos parámetros podemos decir, entonces, si una democracia es institucional o caudillista; si está regida por el ordenamiento jurídico o por caprichos personalistas; si es una democracia progresista o retardataria; si es incluyente o excluyente. 

La Seguridad Democrática no es, como lo fue la doctrina de la seguridad nacional, la que suprime libertades, sustenta dictaduras y elimina el disenso. Al contrario: la Seguridad Democrática permite defender las libertades, o rescatarlas cuando se han perdido por acción de los terroristas (que no del Estado cuando es democrático). 

Nuestra seguridad, hace cuatro años, era un discurso; hoy es una realidad. Llevamos tres procesos electorales en los que los colombianos, que en unas regiones vivían dominados por el paramilitarismo y en otras por la guerrilla, han venido recuperando las libertades, gracias al avance de la seguridad. 

La Seguridad Democrática es para proteger por igual a los gremios empresariales, a los líderes de los sindicatos, a los voceros de las tesis afines al gobierno y a los líderes de la oposición. Es seguridad con eficacia y con adhesión a los derechos humanos, como elemento necesario de sostenibilidad en el largo plazo. 

Si algo me preocupa en el debate de América Latina, es que no se le ha hecho el enjuiciamiento a la tendencia regresiva de eliminar la independencia de las instituciones. Una democracia sin instituciones independientes que conformen el Estado, que tengan una relativa independencia, se convierte, simplemente, en una dictadura con votos. A ese tema, América Latina le tiene que prestar toda la atención. 

Y el tema de la cohesión social, para avanzar en ella, se necesita de una clara concepción de Estado, de las condiciones para la inversión, el crecimiento y la distribución; una concepción sobre la globalización y el manejo interno de la economía. 

La lucha de nuestros países debe ser por la integración, por la construcción de una democracia pluralista, en permanente debate, con fraternidad para superar el antagonismo. Necesitamos una democracia con solidaridad, en la cual conectemos la economía interna con la externa, para llegar a una inclusión universal. 

NEOLIBERALISMO 

Cuán equivocados están, con ese concepto ya obsoleto, quienes pretenden dividir nuestros países entre neoliberales y socialdemócratas; quienes pretenden mantenerlos atados a Adam Smith o al burocratismo. Lo que hay que mirar es qué grado de solidaridad se consigue en la integración entre los sectores público, privado y social. 

Hay casos muy importantes, como el de los servicios públicos. 

Los sectores privado y social pueden concurrir a la prestación de estos servicios, respetando la solidaridad. 

La solidaridad tiene que definir, no si la entidad es pública, privada, mixta o social, sino si los recursos le llegan al público para garantizar esa solidaridad. 

Se debe buscar que cuando los sectores privado o social concurran a prestar servicios públicos, se busque permanentemente los acuerdos, con resultados de solidaridad, con el sector público. Ahora…, siempre el sector público debe ser árbitro para tejer el entendimiento entre el proveedor privado de los servicios y los usuarios que en la comunidad los reciben. 

América Latina vivió procesos, tanto de estatización absoluta, como de desmantelamiento del Estado. Los primeros, en nombre de la social democracia, terminaron en social burocracia y en el fracaso. Los segundos, en nombre del neoliberalismo, terminaron en abandono de la cláusula social. 

Nosotros no desmantelamos el Estado. No estamos de acuerdo con el criterio neoliberal ni con el estatismo burocrático que distorsionó las aspiraciones de la social democracia. 

El Estado tiene que permanecer y mejorarse para intervenir frente a fallas de mercado, para llevar servicios a regiones remotas, etcétera. 



Dos proceso, aparentemente antagónicos, son lo mismo puesto que concluyen en el mismo resultado. Los procesos neoliberales -de demolición del Estado-, fracasaron en lo social. 

Los procesos social - burócratas -de estatización absoluta-, fracasaron en lo social. 

El camino nuestro es diferente. Es el del Estado, no al servicio de la politiquería, no al servicio de los privilegios sindicales, sino el del Estado eficiente, al servicio de la comunidad. 

Colombia necesita un Estado que garantice lo social para que el país pueda superar la exclusión social; pero también un Estado que en lugar de ser una amenaza para el sector privado, sea una oportunidad para la inversión privada. 

Necesitamos inclusión social. Y para que la haya, necesitamos inclusión de inversión. Por eso Colombia ha venido creando gran confianza inversionista. En los años sesenta imperó el llamado desarrollismo. Su punto de referencia fue Brasil. Allí se enseñó que debía dejarse crecer la economía y que lo demás vendría por añadidura. Brasil tuvo años en los que creció al 14%, pero en los que nadie se preocupó por lo social. Mientras la economía crecía al 14 por ciento, hubo más pobreza. 

Pero después se vivió en otros países el estatismo puro, el desprecio por la inversión y el crecimiento. El discurso social era el del reparto de la riqueza. Como se quedaron sin inversión, se quedaron sin crecimiento, finalmente lo único que pudieron repartir fue pobreza. 

Hay grandes lecciones en la comparación del discurso de Allende y de las transformaciones de China es que las ideas sociales tienen que servir para generar bienestar colectivo, riqueza colectiva. Nada hacen los pueblos cuando su pretensión social es repartir pobreza. 

Nosotros vemos en la inversión privada no un fin, sino un medio para resolver problemas sociales del país. No creemos que haya exclusión entre la tesis social de superar la pobreza, de construir equidad, y la tesis económica de que el país sea atractivo a la inversión. 

Un crecimiento de la inversión, que lo vamos logrando con el cumplimiento de que la inversión privada tiene que ser una función social -como lo definió la Constitución colombiana del 36-, tiene que constituirse en una ayuda esencial para que el país derrote la pobreza y construya equidad. Y eso jalona nuestro concepto de Estado. 

Lenin fue cuidadoso -a pesar de ser el gran teórico del Estado proletario, el gran teórico de la evolución para sustituir al Estado capitalista- en mantener pequeños empresarios. Él predicó el mantenimiento de un empresariado agrícola. Stalin, en la idea de estatizarlo todo, acabó con ellos. Cuando vino la Perestroika y Rusia quiso entregarle la tierra nuevamente al empresariado agrícola, ese empresariado ya no existía. 

Esos procesos lo único que hicieron fue dejar a la Unión Soviética sin producción agrícola. Y toda esa infraestructura industrial que construyó el Estado, cuando ahuyentó al sector privado, terminó en chatarra. Fue una industria próspera unos años, pero terminó en chatarra. 

Por eso nosotros necesitamos el Estado garante de lo social y de la inversión privada; que nos ayude a cumplir los fines sociales. 

Nosotros entendemos la globalización como un proceso que tienen que jalonar unas regiones, utilizando los recursos para ir llevando infraestructura y bienestar a las regiones rezagadas. 

Entendemos la inversión como una función social, conectada a nuestras metas y resultados sociales. Entendemos la cohesión social conectada a la seguridad. Sin seguridad no hay inversión, y sin inversión no nos queda más camino que repartir pobreza. 

Creemos que la paz nace de la seguridad. 

LEY DE JUSTICIA Y PAZ 

Muchas guerrillas de América Latina vivieron de donaciones otorgadas por fundaciones llenas de ideales democráticos en Europa Occidental. Esos grupos en Colombia se alimentan del secuestro, del narcotráfico, de la destrucción ecológica, de la destrucción de las nuevas generaciones. Por eso son terroristas. 

Cuando se miran las jurisprudencias del Common Law de los ingleses, los códigos de Alemania, la legislación española, uno se extraña al encontrarse con definiciones de terrorismo como esta: terrorismo es el uso o la simple amenaza del uso de la fuerza, por razones ideológicas, políticas o religiosas. La profundización de la democracia en Colombia nos da la autoridad moral para no permitir el uso de la fuerza contra el Estado, para descalificar cualquier legitimidad de estos grupos y su caracterización como grupos terroristas. 

Sin embargo, no negamos avanzar en procesos de paz. Estamos aplicando una Ley de Justicia y Paz, que marca diferencias con leyes y procesos de paz en el mundo entero y con los anteriores de Colombia: la nuestra es una ley de paz sin impunidad; una ley de paz con verdad; una ley de paz con reparación a las víctimas. Hoy esa ley está en plena aplicación, bajo la supervisión de la OEA. 

Y hay una gran discusión en el país porque está aflorando la verdad. Lo que estamos oyendo ahora en los estrados judiciales, es lo que sólo se oía en las tertulias, como consecuencia de que el Estado hubiera perdido la soberanía real, de que en muchas regiones la gente se hubiera tenido que someter a la guerrilla o a los paramilitares. 

El Gobierno estimula esa verdad, necesaria para que haya reconciliación. La reconciliación no nace de la falta de verdad o de la mentira. La paz sin verdad es una paz efímera. Es como la cicatrización en falso. 

La verdad es necesaria para que el país haga reflexiones, para que el país sepa qué fue lo que vivimos y cómo tenemos que labrarnos un futuro sin guerrilla, sin paramilitares, sin narcotráfico, sin corrupción, un futuro de insituciones democráticas. 

La verdad hay que buscarla completamente. Hay que desentrañar la verdad de la parapolítica y hay que desentrañar la verdad de la guerrilla y la política. La búsqueda de la verdad integral no es el fomento del odio. Es el camino para llegar a la reconciliación sincera, que surge a partir de choques. 

Este proceso hay que adelantarlo con mucho valor. La búsqueda de la verdad no puede llevarnos a ser severos con los adversarios políticos e indulgentes con los amigos políticos. Hay que ser en eso totalmente objetivos, tener la menor subjetividad posible. 

Creo que la severidad de este proceso para evitar la impunidad, sienta un gran precedente. Va a crear un marco que ha de aplicarse también en procesos con las guerrillas cuando lleguen a darse en el futuro. 

A Colombia se le señalaba internacionalmente como un paraíso de impunidad. La observancia rigurosa de este proceso tiene que llevar al mundo a respetar a Colombia, a desechar ese señalamiento. 

Imprenta Nacional, Marzo de 2007

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