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23 de marzo de 2014

La venezolanización de Colombia

El historiador Malcom Deas ha venido advirtiendo ciertas señales de venezolanización de la vida colombiana.

Simón Bolivar
Por Armando Montenegro

El historiador Malcom Deas ha venido advirtiendo ciertas señales de venezolanización de la vida colombiana.

Deas detecta en nuestro medio algunas de las condiciones que propiciaron el populismo de Chávez y Maduro que hoy está llevando a Venezuela al desastre.

¿Cuáles son los signos de esa venezolanización? El primero es la petrolización de la vida económica y social. Con los ingresos petroleros Colombia dejó atrás la idea de que era un país pobre y se convenció de que hay dinero para todo. Se ha impuesto la convicción de que la solución de todos los problemas es la plata del Estado. La falta de competitividad se arregla con subsidios o exenciones tributarias, no con innovación y eficiencia. La política social consiste en distribuir cheques y no en asegurar el buen funcionamiento del sistema de salud y la eficacia de escuelas y guarderías. La falta de agua se arregla con un giro de recursos (nadie verifica que se construya o arregle el acueducto). El problema de los fletes se soluciona con paros y bajas de la gasolina (otro subsidio) y no con buenas carreteras que reduzcan los costos. Con la pretensión de hacer justicia social, los magistrados ordenan gastos a diestra y siniestra y se aferran a sus extravagantes pensiones de privilegio. Todos los males se atienden con mermelada. No se trata de crear riqueza y combatir, con seriedad, la pobreza, sino de redistribuir, a las patadas, la renta del petróleo.

El segundo, relacionado con el primero, es la enorme corrupción de los jueces, la policía, el ejército, los contratistas y, por supuesto, los políticos (el creciente problema de la mermelada electoral desanima las disidencias y las nuevas fuerzas sociales). Una parte de la opinión pública, como la de Venezuela de los años ochenta, piensa, en algunos casos con razón, que si no se hacen las carreteras y los colegios o si no funciona el sistema de salud, es porque los dirigentes se roban la plata (incluidos, claro, los del Polo de Bogotá).

El tercer signo es la ostensible desigualdad de la riqueza, fruto, en parte, de la prosperidad del país en los últimos años durante los cuales su economía creció más del 40% y se amasaron importantes fortunas. Millones de personas, ignoradas o rezagadas del tren de esa prosperidad, se sienten excluidas de ese nuevo país consumista.

El cuarto, que refuerza la sensación de suspicacia y desencanto, es el lenguaje áspero y la descalificación mutua de los dirigentes de los partidos (que podría compararse con los insultos que antes se lanzaban los jefes de Acción Democrática y el Copei). Las personas que creen, al mismo tiempo, todos los insultos que se lanzan los dirigentes, podrían concluir que ninguno de ellos es respetable.

Ante la percepción de que el Estado es rico, de que la corrupción está en todas partes, de que la riqueza se concentra en pocas manos, de que no hay líderes serios y pulcros, la gente puede concluir que todo el sistema es ilegítimo, excluyente y cerrado. Y ese fue el caldo de cultivo que en Venezuela favoreció la aparición de un coronel iluminado que se sintió heredero de Bolívar y prometió la redención de las mayorías y la rabiosa destrucción del viejo orden. Esto último sí lo consiguió.

(Esta columna es una versión bastante libre, ilustrada con mis propios ejemplos y comentarios, de una charla del profesor Deas)

El Espectador, 23/03/2014

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