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27 de enero de 2014

¿Paz a cualquier precio? ¡A otro hueso con ese perro!

No, así no se consigue la paz duradera: eso sería apenas un vendaje sobre las heridas purulentas de la nación, que necesariamente se infectarían y agravarían su salud. ¡Que la compre el que no la conozca!

Humberto de la Calle y las FARC
Por Jorge Arango Mejía

No, así no se consigue la paz duradera: eso sería apenas un vendaje sobre las heridas purulentas de la nación, que necesariamente se infectarían y agravarían su salud. ¡Que la compre el que no la conozca!


“Fabulilla.

“¡Pax vobis!” Wilson

“Viva la paz, viva la paz!”/ Así cantaba alegremente un colibrí, sentimental sencillo,/ de flor en flor./ Y el pobre pajarillo trinaba tan feliz sobre el anillo/ feroz de una culebra mapaná;/ mientras que en un papayo/ reía gravemente un papagayo/ bisojo y medio cínico: / “¡Cuá, Cuá!”

“Nada mejor que estos versos del inmortal “Tuerto” López para entender la ingenuidad, rayana en tontería, de quienes se han inventado la tercera marcha por la paz....” 
Esto lo escribí en esta columna hace cinco años. Hoy lo repito, porque viene como anillo al dedo como exordio de un comentario sobre las tragicómicas charlas de La Habana.

Esto de la paz se ha vuelto complicado: por supuesto, más complicado y abstruso que la guerra, así ésta sea más cruel y repugne, por principio, a quienes condenamos el empleo de la fuerza como argumento, salvo en casos de extrema necesidad y como último recurso.

Lo primero es la confusión que creó Santos sobre la reelección –que él anhela con desespero- y la paz. De ahí dedujo una conclusión: dividir a los colombianos en buenos y malos, en patriotas y parias: los primeros, quienes respaldan su ambición de conservar el poder; los segundos, quienes desean un cambio en la dirección de Colombia, no importa cuáles sean sus motivos.

Y por ese camino equivocado, se cayó en el maximalismo, que es la “tendencia a defender las soluciones extremas en el logro de cualquier aspiración”. No hay término medio: si se está con la paz de Santos, hay que admitirla con todos sus horrores:

Impunidad; creación de republiquetas dominadas por los “rehabilitados” bandoleros; evasivas sobre el destino de las armas con que han cometido tantos crímenes: si las entregarán o las guardarán los bandidos, “por si acaso…”; impunidad total, cubierta con el ropaje de la “justicia transicional”; silencio sobre la indemnización de las víctimas; exigencia del mantenimiento de cultivos ilícitos, bajo el control de los delincuentes convertidos en “ángeles”; continuación del secuestro de civiles ajenos al conflicto… En fin, un panorama que causaría pánico a Dante y haría palidecer su descripción del infierno…

Quien no admita ese remedo paz, por consideraciones humanitarias, de ética y de justicia, está expuesto a que le cuelguen el sambenito de “guerrerista” (expresión tan cara a los cínicos comunistas criollos, que se hacen los locos para olvidar las atrocidades de regímenes como el soviético, el de Kadafi, el de Pol Pot y sus Khmer Rouge en Cambodia que llevó la crueldad a extremos inconcebibles aun para los nazis…).

No, así no se consigue la paz duradera: eso sería apenas un vendaje sobre las heridas purulentas de la nación, que necesariamente se infectarían y agravarían su salud. ¡Que la compre el que no la conozca!

Y para colmo de desgracias, ahora sale el Consejo de Estado (en uno de los escasos momentos en que despierta del sueño que padece la justicia en sus manos), a decir que los cuarteles de policía no pueden estar dentro de las poblaciones. Esto dizque porque si los criminales de las Farc y el Eln atacan el cuartel, podrá haber víctimas civiles. En consecuencia, ¡vender el sofá! y dejar las aldeas y ciudades indefensas, bajo la “justa y benévola” autoridad de los criminales. ¡Absurdo! En una próxima columna explicaré cómo esta jurisprudencia, cobardona y tonta, contradice la que sentó la Corte Constitucional, en la sentencia T-139 de 1993, sobre el caso de Amalfi, de la cual fui ponente.

Y mientras todo esto acontece, el inefable señor de la Calle y su comparsa celebran los chascarrillos de “Iván Márquez” y se embelesan con las canciones del “Cantante de las Farc”. Y, al fin de cuentas, ni siquiera ellos saben qué está pasando. Como de los desatentados decían nuestros abuelos, de éstos ingenuos se dirá: bailaron en Belén y no supieron con quién…

El Mundo, Enero 26 de 2014.

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