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21 de enero de 2014

Mamertización de la interpretación

Nuestros intelectuales deberían ser más generosos con las élites que acusan cuando no las están ordeñando.

Por Eduardo Escobar

Nuestros intelectuales deberían ser más generosos con las élites que acusan cuando no las están ordeñando.

Entre las secuelas del sarampión izquierdista de los intelectuales de la clase media del medio siglo pasado debe contarse la tendencia maniqueoparanoica de la interpretación de sus discípulos, casi cómica ya por lo repetida y por insulsa, para quienes la historia de estas naciones se reduce al drama de un montón de personas bondadosas y cándidas desgarradas por una élite de zánganos que las desprecian.

Los más apasionados sitúan la acción sadomasoquista en un escenario opulento por la diversidad barroca de la biología de papagayos, mariposas y tigres aureolados de luciérnagas. Y por ese camino de la inspiración son arrastrados por el peso de los lugares comunes y acaban aspirando a la redondez del período decimonónico, resbalan hacia los chiqueros del entusiasmo patriotero y extienden arcoíris sobre la parranda nacional de gallina y vallenato. Hay un disfrute de fritanguería en esa labia nerudiana. Nerudiana, digo, porque nadie disfrutó como Neruda del paisajismo combinado con la indignación altruista. En fin, se goza la preceptiva literaria del bachillerato. Hojarascas de García Márquez, ramas sombrías de Arturo y las desgracias corren por cuenta de los yanquis, el eurocentrismo y el exceso de máquinas que estorban la manifestación de la esencia del mundo y el retorno a la superioridad moral del caníbal precolombino.

Ahora corren por la red los reproches que se cruzaron la semana pasada dos amigos míos relativos, William Ospina y Héctor Abad. Abad piensa, con razón, que vivimos un país más sano, seguro y justo que el del general Mosquera. Ospina insiste en calumniar la vida, y simplificando, con aires de teólogo, describe a Colombia como un monstruo de 2 caras enemigas. Una diabólica representada por los ricos. Y otra adornada con un alma de oro. Para Ospina también, la historia se reduce a la saña de una camarilla viciosa que escucha música sinfónica, sobre las carnes del pueblo noble y sufrido de la flauta de millo. Fernando Vallejo reparte sus castigos con más equidad. Fustiga por igual a ricos y pobres. Y le sobra lo que a la gravedad de Ospina le falta: el sentido del humor, la desmesura lujuriosa.

Qué es el pueblo. Qué son las élites. Aquí, como en todas partes, las personalidades dominantes surgen de las oscuridades de abajo. En todo árbol genealógico ilustre hay un carnicero, un sastre, un pequeño comerciante, un don nadie que fundó una fábrica que lo desvelaba. La condena de los ricos expresa tangencialmente el odio católico por el lujo.

Ospina no dice a partir de cuántos millones empiezan a crecerles los colmillos de la hiena; si Víctor Carranza debe inscribirse en el censo del pueblo a pesar de su torpeza verbal, o la profetisa Piraquive en su viveza, o ‘Tirofijo’, de extracción humilde pero dueño de ejércitos de obtusos. Confunde el análisis con la diatriba que ofusca el debate. Criticar no es despotricar.

Las élites participan del alma del pueblo que las crea. Por falta de espacio o de alientos no tenemos monstruos como Ford, o Rockefeller, y los otros nudos de ambición y orgullo que crearon la nación admirable y problemática de los Estados Unidos. Pero tenemos nuestros Midas criollos a pesar de todo, a Coriolano Amador, que emitía billetes con su retrato, y la fábula Pepe Sierra. Gente tozuda y verraca. Sublimaciones del barro nacional tanto como los serenateros del Tolima. Nuestros intelectuales deberían ser más generosos con las élites que acusan cuando no las están ordeñando. Se contradicen cuando creen que Castro, de la élite habanera, liberó al pueblo cubano, y que los chavistas reinventan el socialismo en Venezuela, amparados, además, a la sombra de un señorito de Caracas, el padre Bolívar del lírico palabrerío, que destruyó cinco países y una herencia apreciable para expulsar a los españoles que de todas maneras volvieron.

El Tiempo, 21/01/2014

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