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10 de diciembre de 2013

Manuel Moya y Graciano Blandón

Si hubo suspenso en el cumplimiento del designio asesino, fue referente al cómo, al cuándo y al dónde. Quiénes iban a morir, estaba cantado.

José Obdulio Moya y Blandón Apartado | Copolitica
Por José Obdulio Gaviria

Si hubo suspenso en el cumplimiento del designio asesino, fue referente al cómo, al cuándo y al dónde. Quiénes iban a morir, estaba cantado.

Un grupo armado, del que la Corte Suprema de Justicia dice que obra con propósitos altruistas y un ex candidato presidencial predica que "mata para que otros vivan mejor" -las Farc-, tiró una granada sobre las pobres humanidades de Moya y Blandón. Destruyeron sus cuerpos y llenaron de dolor las almas de quienes bien los queríamos.

¿Por qué los mataron? Porque ganaron las elecciones en el Consejo Mayor de Curvaradó. Con los aires libertarios que les llegaron en el 2002, Curvaradó se rebeló contra unas oenegés esclavistas que les imponían todo, principalmente la simpatía con la antipática guerrilla. Moya aseguró en una intervención en el Congreso de la República que ciertas oenegés pretendían hacerlos vivir en guetos con el nombre de 'Comunidades de Paz', vedados a la Policía y al Ejército, pero activos centros de reclutamiento de las Farc.

Cuando dijo guetos, ¡dijo guetos!: alambradas que impedían salir libremente y neutralizaban la llegada de gentes que no fueran Farc o amigos de las Farc. Moya, Blandón y la mayoría de su comunidad no querían neutralidad, sino presencia militar del Estado; y votar en las elecciones y denunciar en la Fiscalía a las bandas terroristas. Hace poco (octubre), Moya y Blandón ganaron las elecciones para el Consejo de Curvaradó. Fue un triunfo amargo. Quizá hubiese sido mejor que los hubiesen derrotado los violentos.

Moya y Blandón me visitaron en la Casa de Nariño. Recuerdo sus miradas de asombro ante la belleza de los salones de protocolo y la reverencia con la que pasaron por la oficina del Presidente y el salón del Consejo de Ministros. Eran alegres, dicharacheros, pedigüeños para sus comunidades, enemigos declarados de los violentos -paramilitares, guerrilleros y mafiosos-. Estaban contentos, porque, con el nuevo Gobierno (2003), veían llegar nuevas cosas: el Sena, disfrutaban de los desayunos del ICBF, fluía la plata del programa Familias en Acción, se ampliaba la cobertura del Sisbén, había nuevos cupos escolares y entidades de cuya existencia ni sabían andaban tendiendo redes eléctricas y hasta dragando los caños. 

Moya y Blandón se convirtieron en una piedra en el zapato para los predicadores de la lucha de clases y la violencia como medio de imponer sus ideas en Curvaradó. Sus últimos días fueron un infierno de calumnias y amenazas. Una oenegé que alega ser canadiense -PASC - Proyecto de Acompañamiento y Solidaridad con Colombia-, cuyo lenguaje tiene un sospechoso parecido con el de la Coordinadora Continental Bolivariana o el de la Comisión Inter Eclesial Justicia y Paz, se la montó. Viaja por la web el documento que expidió PASC en septiembre. Hoy suena como la lectura de una pena de muerte. Afirman, haciendo eco a las Farc, que en Colombia hay un masivo desplazamiento forzado, por obra de la presencia entre las comunidades del Ejército Nacional y de las tropas paramilitares. Moya y Blandón, en cambio, aducían como causa de todos sus males la presencia de las Farc y la actitud cómplice o alcahueta que las oenegés negreras querían imponerles. 

En documentos varios, de manera sibilina, ciertas oenegés dieron a entender que si en octubre Moya y Blandón conquistaban las mayorías de su comunidad, desconocerían el resultado, les negarían su representación y los tratarían como al enemigo paramilitar.

Efectivamente, así los trataron este 17 de diciembre, el mismo día en que llegó la negativa oficial de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a prestarles medidas de protección. Las autoridades colombianas, como Moya y Blandón eran buenas personas, tampoco les dieron esquema de protección, el que sí les han dado a las oenegés que se propusieron acabarlos. Paz en su tumba.

Publicación eltiempo.comSección Editorial - opinión22 de diciembre de 2009


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