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9 de diciembre de 2013

La guerra que seguirá

El amanecer del sábado y cuando cientos de indígenas y campesinos terminaban de instalar sus puestos de venta para el día de mercado, la población de Inzá

FARC - Habana | Copolitica
Por Mauricio Vargas

Al amanecer del sábado y cuando cientos de indígenas y campesinos terminaban de instalar sus puestos de venta para el día de mercado, la población de Inzá, en el Cauca, fue sacudida por una serie de explosiones que hicieron tronar los cielos y temblar la tierra. Las Farc aprovecharon la actividad mercantil para acercar un camión cargado con bultos de cebolla, donde ocultaban tatucos y cilindros bomba que lanzaron contra la estación de Policía.

Como es sabido, esas armas hechizas son poco precisas: así como destruyeron la estación, destecharon varias viviendas humildes y mataron a cinco policías y tres civiles. Es parte del cinismo criminal de las Farc: con tal de que destruyamos la estación de Policía, no importa que matemos a uno que otro poblador. Para estos bárbaros, son los costos marginales de la guerra.

Estuve hace pocas semanas en el Cauca, viajé por carretera y atravesé varios municipios. El optimismo que respiramos en el resto de Colombia no se percibe allí. El paisaje está invadido de evidencias recientes de la guerra: puentes volados, puestos militares camuflados y atrincherados, tanquetas. Y hay miedo.

No sólo miedo por lo que puede ocurrir en cualquier instante y sin previo aviso. Hay un temor arraigado de que si las conversaciones de La Habana llegan a feliz término –y ojalá que así sea– esta región no quede incluida en el acuerdo. En el papel del acuerdo estará, claro, pero no en la voluntad de la guerrilla. En el Cauca, al igual que en Nariño, Putumayo, parte del Huila, Caquetá y el Catatumbo, los frentes de las Farc no tienen intención alguna de abandonar el multimillonario negocio del narcotráfico. De modo que sus comandantes en esas regiones se van a pasar cada página de los acuerdos por donde sabemos.

Inzá está enclavada en la vertiente de la cordillera central que se abre entre el volcán Puracé y el nevado del Huila. Es un corredor estratégico para sacar cocaína del centro y el oriente del país hacia el Pacífico. Como las Fuerzas Armadas han intensificado allí su ofensiva para arrinconar a las Farc, la respuesta guerrillera son estos ataques terroristas que el presidente Juan Manuel Santos calificó el sábado como “demenciales”.

Y lo son: demenciales, criminales, terroristas. Pero ojo, Presidente, responden a una lógica: la de la guerra de la cocaína, la que no terminará firmen lo que firmen las delegaciones de Gobierno y guerrilla en La Habana. Así como hace 20 años la muerte de Pablo Escobar enterró el narcoterrorismo de los carteles, pero no acabó con las bandas criminales del narcotráfico, la firma de un acuerdo con las Farc jubilará a los comandantes del secretariado y a miles de combatientes, pero dejará sueltos a otros miles: los que operan en las regiones de gran valor para la siembra de hoja de coca y la producción y exportación de cocaína.

Lo de La Habana será un avance, a no dudarlo. Pero un avance con limitaciones de las cuales es bueno que el país vaya, desde ya, cobrando conciencia. Y ante las cuales la Fuerza Pública tiene que anticiparse para hacer los ajustes que exige ese nuevo tipo de guerra en la cual la poca ideología que les queda a ‘Timochenko’ y ‘Márquez’ habrá desaparecido por completo.

Sería bueno, para empezar, que los comandantes de las Farc digan en La Habana si esos frentes les van a hacer caso o no. Cosa de ir sabiendo, repito, de caminar en esa dirección con los ojos abiertos y no vendados. Lo digo porque hace pocas semanas, a raíz de la revelación de los atentados terroristas contra Álvaro Uribe y el fiscal Luis Eduardo Montealegre, Santos afirmó, sin margen de duda, que las Farc estaban unidas en torno a su secretariado general presente en La Habana. Los voceros de las Farc, en cambio, no lucieron tan categóricos. Y eso dice mucho.

El Tiempo /09/12/2013


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