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12 de diciembre de 2013

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La cuarta República

No sentimos envidia de la convención liberal realizada en días pasados en Cartagena.

Santos y el partido Liberal | Copolitica
Por Alberto Velásquez M.

No sentimos envidia de la convención liberal realizada en días pasados en Cartagena. Pero sí comparar este acto, en donde hubo algo de mística y agitar del trapo rojo, con la decadencia y pasividad del conservatismo.

El mismo presidente Santos -desafiando al Procurador pero anticipándose al paz y salvo extendido por el Consejo de Estado para poder asistir a convenciones políticas- le puso un toque de dramatismo al acto liberal al obtener el espaldarazo reeleccionista. Vibró con su partido -así haya querido cubrir la bandera roja con la maxifalda de la U- al que seguramente llegará pero sin estar en la galería al lado de los Lleras, de López Pumarejo.

Mientras el liberalismo vociferaba y proclamaba el advenimiento de la cuarta república liberal, el conservatismo calla. Sigue perdido, sin mística, sin derroteros. Busca más puestos que personajes que lo puedan sacar de la atonía. Mira hacia todos los lados para saber a quién se le suma para no morir en el intento de sobrevivir electoralmente.

El conservatismo aplazó su convención porque hoy tiene poco para discutir y ofrecer y sí mucho para esperar en la distribución de la cuota clientelista. Su gran polémica preparatoria a la convención, no es discutir plataforma ideológica alguna, sino considerar la invitación a Santos a presidirla. Hay que rendirle honores en ceremonia de besamanos. Confirma que es un apéndice del actual presidente. Un gregario en su carrera reeleccionista.

"Colombia necesita del conservatismo", decía con cierta ingenuidad Álvaro Gómez sin prever lo que ocurriría años después de su asesinato. Y agregaba: "la forma conservadora del cambio es la verdadera garantía de nuestro progreso". Ahora el país no necesita de un partido tan débil, ahogado en la indolencia.

El conservatismo ni grita ni ondea su bandera como lo hizo el liberalismo en su convención, así fuera para retozar, por 8.000 razones, en la trompa del elefante y levantarla como cabeza de Senado. Los azules son taciturnos y silenciosos. Oírle un viva en plaza pública o en recinto cerrado sería un anacronismo.

Cuando había dirigencia y talante conservador, hizo hasta una Constitución, la de 1886, en contravía de la liberal federalista en 1863. Copó con aquella muchos trayectos en la historia jurídica y política colombiana. A esa Carta se le reformaba pero conservaba su esencia. Eran tiempos de una colectividad que argumentaba y actuaba como alternativa de poder.

Hoy el conservatismo es un partido sumido en la melancolía. Pide burocracia en la mesa de la Unidad Nacional. Se le dan algunas sobras de lo que dejan de atragantarse el resto de comensales. Está subordinado a intereses secundarios. No tiene, y seguramente no tendrá, candidato presidencial salido de sus propias entrañas. Está pendiente a ver en cuál vagón se sube sin importar las condiciones previas a su sometimiento aventurero.

Las masas conservadoras están confundidas. Por eso hay deserción y transfuguismo en sus liderazgos regionales. Sus directivas nacionales siguen ajenas a la responsabilidad de conectar las nuevas generaciones a la plantilla de su militancia. Nada propone, ni en salud, ni en educación, ni en empleo, ni en proceso de paz. Agazapado espera burocracia. Pobre Partido Conservador.
El Colombiano, 11/12/2013

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