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2 de diciembre de 2013

El problema no es Nicaragua

El problema no es Nicaragua. Los centroamericanos están haciendo lo que les corresponde: buscar la satisfacción de sus intereses usando las herramientas que tienen para conseguirlo.

Maduro y Ortega | Copolitica
Por Rafael Nieto Loaiza

El problema no es Nicaragua. Los centroamericanos están haciendo lo que les corresponde: buscar la satisfacción de sus intereses usando las herramientas que tienen para conseguirlo. No pueden acudir a la fuerza porque, primero, hay una prohibición para su uso o la amenaza de su uso en las relaciones internacionales; después, no tienen unas fuerzas militares poderosas ni recursos económicos para dotarlas y no podrían competir con la experiencia y capacidad militares nuestras; y finalmente, no necesitan hacerlo porque tienen a su favor dos ventajas sustantivas que nosotros no: una sentencia de un tribunal internacional que los favorece y una diplomacia muchísimo más sofisticada que la nuestra.

Ventajas que usa eficazmente, además. Lo prueban las dos nuevas demandas ante la Corte Internacional de Justicia, pidiendo el cumplimiento del fallo en que nos arrebataron algo más de 75.000 kilómetros de zona económica exclusiva y la extensión de su plataforma continental. Nicaragua le apuesta a ganar de nuevo en ese tribunal. Acudiendo a la CIJ, además, aparece como respetuosa de los mecanismos de solución pacífica de controversias y de las decisiones del máximo tribunal internacional. Para apoyar sus pretensiones, cuenta con un embajador experto en derecho internacional con treinta años en La Haya. Llegó con los sandinistas, se quedó con doña Violeta y sin importar el cambio de gobierno, sigue ahí. Pero sobre todo, cuenta con un plan geopolítico estratégico de mediano y largo plazo para aumentar su territorio, su plataforma continental y sus aguas marinas y submarinas. Y lo está desarrollando aunque eso le cueste la molestia y la antipatía de sus vecinos.

El problema somos nosotros. Para empezar porque acá confundimos la diplomacia con las relaciones públicas. Y la diplomacia es cosa muy distinta: es el uso de las relaciones internacionales para la satisfacción de los intereses nacionales. En Colombia no hay ni ha habido visión geoestratégica. Peor, hemos sido siempre un país que se mira el ombligo, olvidado de sus fronteras, sus costas y sus islas, como no sea para vacaciones. Pero si la Cancillería es débil, nuestra Canciller es peor. Tiene mucha responsabilidad en la amputación territorial que sufrimos, aunque se lave las manos. Sus declaraciones sobre las "salomónicas" decisiones de la Corte, que "le da un pedacito a una parte y otro pedacito a otra", que nadie "sale con las manos vacías" y que "repartirá por lo justo", fueron una entrega anticipada de nuestra posición y un aval para que nos cercenaran lo que había sido nuestro desde siempre. Quizás ahora nos pueda contar cuál fue el pedacito que nos dieron, por qué no nos fuimos con las manos vacías y por qué el fallo fue justo y salomónico.

Y también debería contarnos por qué el embajador en La Haya sigue siendo un sesudo politólogo que nada sabe de derecho internacional y por qué los agentes para los nuevos casos son un par de formidables abogados pero no internacionalistas. Quizás también nos pueda decir por qué Colombia no estaba preparada para el fallo adverso de la Corte, por qué no denunció a tiempo el pacto de Bogotá si sabía que sería usado por Nicaragua para demandarnos de nuevo y por qué al hacerlo justificó la nueva acción nicaragüense al afirmar que esa denuncia no nos defendería de futuras demandas, por qué acudirá otra vez a Holanda si nada tiene que ganar y por qué no se ha hecho aun la definición de las líneas de base rectas, fundamentales para la medición de las zonas marítimas.

Y para que no se diga que la pobre no es abogada y lo jurídico le queda grande, que lo suyo en cambio sí son las relaciones internacionales, también nos podría explicar cómo Nicaragua acuerda con México y Rusia patrullar en aguas que decimos que son nuestras y en cambio nosotros ni siquiera somos capaces de que Estados Unidos, que se supone que es nuestro mejor aliado, no haga lo mismo. Y de paso, quizás nos pueda explicar por qué no ha conseguido que Maduro, el otro mejor amigo, no nos mida el aceite con Tupolevs que despegan desde Caracas.

El Colombiano, 01/12/2013


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