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29 de diciembre de 2013

¿Con Santos no habría paz?

Mientras que la mayoría de los colombianos le apuestan a la paz, nuestro negociador en La Habana es el personaje del año

Por Mario Fernando Prado

Mientras que la mayoría de los colombianos le apuestan a la paz, nuestro negociador en La Habana es el personaje del año y la reelección de Santos depende de la firma de tan anhelado acuerdo, los cabecillas del grupo narcoguerrillero Farc nos salen con una nueva bofetada.

Han dicho que con este Gobierno será muy difícil firmar la paz, lo cual significa que están echando al trasto todo un proceso que tiene comprometida nuestra institucionalidad y la ilusión de millones de compatriotas que han creído en las buenas intenciones de quienes, para no ir más lejos, han violado más de cinco veces la tregua que prometieron desde el pasado 15 de diciembre.

Así las cosas, y terminando el año, vendrán reclamos de una parte y explicaciones de la otra en un malabar dialéctico que terminará en lo de siempre: que sí, pero que no y los consabidos “fue que” justificando semejante aseveración, siendo que los hoy turistas de mojitos y cohibas —mientras sus esclavos defienden con sus vidas la causa revolucionaria—, expresaron meses antes que con Santos la tan esquiva paz iba por buen camino.

Con semejante baldado de agua fría, ¿qué camino tiene el Gobierno? ¿Romper los diálogos acaso? ¿Hacerse el de la vista gorda? ¿Echar al traste la estrategia reeleccionista? ¿Ceder a las pretensiones de quienes tienen la sartén por el mango y de golpe el mango también?

Las viejas tácticas narcoguerrilleras siempre han sido así: primero sí y luego no. Mienten. Embaucan. Traicionan. No tienen palabra. Asesinan. Secuestran. Y todo lo anterior lo niegan. Y, a pesar de ello, el Gobierno con una paciencia jobiana les come cuento y se sienta a dialogar con ellos a sabiendas que le hacen pistola por debajo de la mesa.

Pero como estamos en un Gobierno en que todo sea por su reelección, cualquier cosa puede esperarse... Hasta que nos coja 2014 con los calzones abajo.

El Espectador, 27/12/2013


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