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20 de noviembre de 2013

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Los enemigos de la paz

Los enemigos de la paz no son los que se oponen a esta abyecta celada, sino los que llevan 50 años cometiendo crímenes abominables. Hacerlo ver al revés desnuda oscuras intenciones.

Juan Manuel Santos | Copolitica
Por Saul Hernandez B.

No son los que se oponen a esta abyecta celada, sino los que llevan 50 años cometiendo crímenes abominables. Hacerlo ver al revés desnuda oscuras intenciones.

El proceso de paz no es la paz; luego, ser “enemigo” del falso proceso de paz no equivale a ser “enemigo de la paz”. El Presidente practica así un maniqueísmo electorero que pretende convertir en votos –para él y su unidad nacional– mediante un hábil trastocamiento de valores y una profunda distorsión de la realidad: votar por él será votar por la paz mientras que votar por los críticos de su gestión –básicamente, el uribismo– será elegir la guerra. Por eso se sube a las tarimas, ya en campaña, a gritar como un energúmeno “¡¿quieren paz?! ¡Queremos paz!”.

Lo cierto es que la paz de Santos no es la paz con la que los colombianos sueñan. Firmar un papel con las Farc no va a convertir a Colombia en un país tranquilo como Suiza, Japón o Canadá. Primero, por lo más obvio, como es que las Farc ya no son la mayor fuente de violencia del país gracias a los logros de la Seguridad Democrática, por lo que no se entiende el afán de revivir y de poner de tú a tú con el Estado a una organización derrotada por las fuerzas legítimamente constituidas. Si eso no es connivencia con el terrorismo, ¿qué es entonces?

Segundo, porque esa firma no nos convertirá en un paraíso idílico debido a que el posconflicto suele ser peor que el conflicto mismo. Las firmas de paz generalmente vienen cargadas de grandes niveles de impunidad que plagan los campos y las ciudades de personajes que solo saben halar el gatillo. Por su parte, los empresarios juran en los medios que apoyarán el proceso con impuestos y darán muchos puestos de trabajo, pero en encuestas anónimas –como la que hizo la revista Dinero– manifiestan todo lo contrario; además, para casi todos los bandidos, un salario mínimo no es nada.

Bien dice Joaquín Villalobos que Colombia no debe cometer la torpeza de reducir las Fuerzas Armadas luego de la firma de paz. Eso quisieran las Farc y sus amigos del vecindario, pero sería un suicidio, porque el territorio es muy grande y los factores de violencia son muchos. Además, claro, porque esta paz es una engañifa. Por eso, decir que el dinero de la guerra se podrá dedicar a la educación es una mentira impúdica, una promesa de campaña de esas para convencer a incautos.

Tercero, porque todos sabemos que negociar con las Farc con tal largueza, que parece que fueran vencedoras de algo y que el Estado hubiera sido derrotado, va a callar algunos de sus fusiles por un tiempo, pero no a todos los fusiles por todo el tiempo. Hacer que las Farc cambien las balas por los votos, cuando no han cejado en su empeño de instaurar un sistema político que ha fracasado en todas partes, es una traición de lesa patria que conspira contra los valores democráticos y constituye una capitulación del Estado.

Está claro que el pueblo colombiano es superior a sus dirigentes. Por eso, hasta gentes indoctas advierten que en detalles como las Zonas de Reserva Campesina, las circunscripciones especiales o la mera dejación de armas, en vez de su entrega, está el ‘diablo’. Y por eso también rechazan que los líderes de las Farc hagan política y que no paguen cárcel.

Para ser enemigo de este proceso basta mirar a Venezuela, que hace años tiene mayores índices de criminalidad que Colombia, y donde ya saquean almacenes y arrestan a empresarios. ¿Esa es la paz que nos espera? ¿Qué tipo de paz nos están ofreciendo: una que burla la justicia y vulnera las libertades? ¿La paz de los sepulcros de quienes se opongan a la vesania de los criminales farianos, como los de la ‘Teófilo Forero’?

Los enemigos de la paz no son los que se oponen a esta abyecta celada, sino los que llevan 50 años cometiendo crímenes abominables. Hacerlo ver al revés desnuda oscuras intenciones.



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