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26 de noviembre de 2013

Las falacias del nuevo candidato

Esto parece no importarle. Lo que realmente le interesa es confundir a la opinión con la errónea creencia de que plantear ese falso dilema le será rentable electoralmente.

Juan Manuel Santos | Copolitica
Por Carlos Holmes Trujillo

Un flaco servicio le está prestando el doctor Santos a la democracia colombiana.

El olímpico desconocimiento de la decisión de los ciudadanos a favor de la continuidad de las políticas de la administración Uribe, que fue una demostración de madurez sin antecedentes, le causó una herida profunda a la credibilidad en los mandatos electorales. E inventarse varias falacias para edificar sobre ellas su aspiración a la reelección es, sencillamente, echarle sal a esa herida.

Muy orondo dice, ahora, que quiere terminar la tarea. Pues es inevitable decirle que esa no es la razón para reelegirlo, sino la causa para impedir que siga ocupando la jefatura del Estado.

A Santos no se le eligió para que hiciera lo que está haciendo. Se le hizo depositario de la confianza de más de 9 millones de colombianos con el fin de que continuara aplicando la política de seguridad democrática.

Es decir, para que, en materia de conversaciones con las Farc, siguiera exigiendo la cesación unilateral de las acciones criminales del terrorismo contra los colombianos, como condición inamovible para iniciar un proceso de diálogo.

No para que se sentara en la mesa a negociar políticas públicas, al mismo tiempo que los violentos siguen asesinando, secuestrando, extorsionando, hostigando poblaciones, reclutando menores y destruyendo la infraestructura civil.

Al desconocer el mandato qué recibió de sus compatriotas, no solo dejó de hacer la tarea. En realidad, se inventó una política distinta a la que fue apoyada por los ciudadanos y, para aplicarla, resolvió acudir a quienes perdieron las elecciones.

Hoy, quién lo creyera, gobiernan los perdedores, y los ganadores se han visto obligados a convertirse en oposición democrática por haber cometido el pecado de creer en la palabra de Santos.

Pero, la anterior, es apenas una de las falacias.

El Presidente no se ruboriza al afirmar que los desafíos que tenemos no pueden enfrentarse solamente a sangre y fuego, y que sería irresponsable rechazar la opción de paz. De esta manera pretende vender la falsa idea de que en el 2014 se votará por la paz o por la guerra. ¡Nada más alejado de la verdad!

Los votos que recibió fueron depositados para que continuara ejerciendo el liderazgo de la acción legítima de la fuerza del Estado, a fin de cumplir con sus obligaciones constitucionales y pavimentar el camino hacia la reconciliación y la convivencia.

Esto parece no importarle. Lo que realmente le interesa es confundir a la opinión con la errónea creencia de que plantear ese falso dilema le será rentable electoralmente.

¡Se equivoca!

Ya es claro para la inmensa mayoría que la gran definición será entre el camino de la paz sin impunidad y el de la paz con impunidad.

La primera sería estable y duradera, la segunda produciría nuevas atrocidades, toda vez que haría caso omiso del nuevo paradigma, según el cual, en tiempos de violencia, la justicia se necesita y se justifica para evitarlas.

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