Top Ad 728x90

25 de noviembre de 2013

,

La tarea de Santos

Aunque siempre se ha dicho que cuatro años es poco para cumplir con un programa de gobierno, la reelección no funciona como un alargue para terminar las tareas, o un extratiempo para compensar el tiempo perdido

Juan Manuel Santos | Copolitica
Por Saúl Hernandez B

Aunque siempre se ha dicho que cuatro años es poco para cumplir con un programa de gobierno, la reelección no funciona como un alargue para terminar las tareas, o un extratiempo para compensar el tiempo perdido, sino como un premio para el gobernante que ha realizado a cabalidad sus deberes, de quien la sociedad pretende extraer más beneficios extendiendo su mandato en el tiempo.

No obstante, el presidente Santos pretende correr por la reelección bajo el supuesto de que requiere extenderse para “terminar la tarea”, todo un contrasentido frente a sus reiteradas declaraciones sobre el aparente cumplimiento de casi todas las metas que se propuso en su plan de gobierno.

La decisión de Santos no es sorpresiva. Desde el año anterior hemos advertido que todas las acciones de este Gobierno han estado encaminadas hacia la reelección de Santos. Nadie saca del sombrero del mago un plan de 100.000 viviendas gratuitas que nunca se habían contemplado en las promesas de campaña y que de paso enterraban planes más serios y menos mediáticos como el millón de subsidios de vivienda ofertados para todo el cuatrienio y la estrategia del programa Unidos que pretendía mejorar la habitabilidad de las 4 millones de viviendas más pobres.

No se olvide que esa oferta demagógica de las 100.000 viviendas gratis fue lanzada justo después de que la imagen de Santos se desplomara al descubrirse los desaguisados que incluía la Reforma a la Justicia que fue pedaleada desde la Casa de Nariño y de la que Santos se lavó las manos.

Poco después se destapó que el Gobierno sí estaba negociando al escondido con las Farc, en Cuba, y advertimos que ese proceso y la reelección iban a terminar pegados como siameses. Fue claro, desde el principio, que las partes iban a manejar los tiempos para poder vendernos el cuento de que la ansiada paz, estando de un cacho, dependería de la reelección de Santos para finiquitar el acuerdo y consolidar lo pactado.

Y como Santos, obsesionado con la entrega del país a los terroristas, descuidó todos los demás temas, pronto cayó en el desespero ante el sistemático y constante declive en las encuestas. Luego vinieron propuestas absurdas como la de alargar su periodo dos añitos, como una etapa de transición previa a la derogatoria de la reelección presidencial y el establecimiento de periodos de seis años.

Incluso, no se puede descartar que el proyecto de ley que pretende permitir que el referendo por la paz coincida con otras elecciones para facilitar que alcance el umbral, haya sido pensado para hacerlo coincidir con las elecciones presidenciales y no con las legislativas, para vender la paz y la reelección de Santos como el mismo producto, ‘un pague uno y lleve dos’ que sería una verdadera estafa. No en vano, también el acuerdo del segundo punto con las Farc solo tenía como propósito el darle luz verde al anuncio de Santos.

Ahora, ¿cómo es que un jefe de Estado que quiere hacerse reelegir con tan bajos índices de popularidad se muestra tan convencido de que va a salirse con la suya? ¿Quién va a votar por un traidor que fue elegido con nueve millones de votos ajenos y que no despierta mayores simpatías entre la gente?

Es cierto que los partidos de la llamada “unidad nacional” conforman una maquinaria muy poderosa y muy bien motivada con la “mermelada” que ha servido de lubricante en estos tres años. Pero las encuestas mostraron, desde muy temprano, que las mayorías no quieren que Santos busque la reelección y que no votarán por él, lo que confirman estudios recientes en los que el voto en blanco lidera las encuestas con 30% y Santos es segundo, con 26%; algo muy acorde con su favorabilidad, que tan solo llega al 29%.

Una cosa es la reelección de un presidente que se haya mantenido en índices superiores al 70% y otra, bien distinta, la de uno que ya no llega ni al 40%, pues a este le tocará pisotear la democracia para reencaucharse. A Santos no le van a alcanzar ni sus ficciones apaciguadoras ni su obsequioso populismo, pero le queda una alternativa muy conocida por sus amigos venezolanos, el fraude. Por eso no sería raro que en breve nos anuncien la implementación del voto electrónico para las elecciones del 2014, lo que supondrá el final de la democracia colombiana, la tarea que le queda por terminar a Santos.

Top Ad 728x90