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13 de septiembre de 2013

Roy, el escéptico

Carneades de Cyrene fue el más conspicuo representante de una escuela filosófica griega denominada de los “escépticos”. Según ellos no se debía creer en nada pues se podía argumentar con la misma vehemencia en favor de un caso como en su contra.


Carneades de Cyrene fue el más conspicuo representante de una escuela filosófica griega denominada de los “escépticos”. Según ellos no se debía creer en nada pues se podía argumentar con la misma vehemencia en favor de un caso como en su contra.


Se dice que Carneades viajo a Roma a probar su teoría frente a una nutrida audiencia de jóvenes, abogando por la existencia de un orden natural en el cosmos del cual la sociedad civil era una réplica. 

Al día siguiente, casi con la misma audiencia, argumentó que tal orden natural no existía y que la sociedad civil era una creación humana. En ambas ocasiones, exhibiendo sus dotes oratorias, fue ovacionado por la multitud. Carneades fue expulsado de Roma por las autoridades acusado de pervertir la moral de los jóvenes con dichas prácticas.

El pasado lunes pude constatar que esa escuela filosófica aún existe, y que el Carneades moderno es el senador Roy Barreras, a quien escuché atentamente en un conversatorio en el marco del foro sobre víctimas y posconflicto que tuvo lugar en Ibagué. 

Según el inefable Roy, existen dos maneras de intentar la terminación del “conflicto” que vivimos: La primera es continuar con la política “guerrerista” que venia del gobierno anterior, y que según él, consiste en matar hasta el último de los combatientes, y la segunda es hacerlo a través de un acuerdo de paz producto de una negociación política en virtud de la cual los violentos se integran a nuestra democracia.

Vaya maroma retórica la de Roy denominar a la política de seguridad democrática, luego de haber sido uno de sus más encendidos defensores, como guerrerista. Y vaya engaño decir que esta política tenía como objeto matar a todos los miembros de grupos ilegales en Colombia cuando los resultados indican lo contrario: gracias a dicha política se desmovilizaron 53 mil combatientes; 35 mil paramilitares y 18 mil guerrilleros. Pero además, el pueblo colombiano siempre entendió que el fin último de la seguridad democrática era el de proteger su vida y su integridad, prueba de ello es que ella eligió presidente tres veces. El dilema de Roy es falso y él lo sabe, la verdad es que solo a través de la seguridad democrática podremos llegar a un verdadero proceso de paz que reconozca a las víctimas y garantice unos mínimos de justicia que permita cerrar el ciclo de violencia en Colombia.

Pero los hechos siempre se imponen sobre las maniobras retóricas; mientras Roy pontificaba sobre víctimas y posconflicto, y respaldaba la farsa de La Habana en Ibagué, no muy lejos de allí, en el municipio de Prado, la comunidad denunciaba que las Farc estaban reclutando niños. Si este gobierno no hubiera derogado la política de seguridad democrática, esos niños de Prado hoy estarían en el seno de sus hogares y no secuestrados por el terrorismo. Esa es la prueba de que este proceso ha sido una fábrica de nuevas víctimas y una ocasión de revictimizar a las antiguas; pues ellas han tenido que padecer la soberbia de las Farc y angustiarse frente a la posibilidad de impunidad de sus verdugos. Pero además, es una prueba también de que las Farc no está pensando el tal postconflicto, ni en la paz, sino en escalar la violencia y el terrorismo contra los colombianos al reclutar unos niños que se convertirán algunos en despiadados asesinos y otros morirán a manos de sus captores por no adaptarse. 

Este Carneades moderno, quien no cree en nada más que en la mermelada, no nos engaña; el país no le va a aplaudir que ahora denigre de la seguridad democrática cuando en su campaña pasada la defendía para hacerse elegir. Y ahora que el representante de la U, Carlos Edward Osorio, nos anuncia que lo traerá al Tolima como su jefe político, lo expulsaremos de nuestra tierra como hicieron los Romanos con su ancestro, solo que esta vez lo haremos mediante un mensaje en las urnas.



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